viernes, 10 de febrero de 2017

LA CALLE "OLIVAS" (II)

La calle Olivas en 1965


    La calle Olivas, oficialmente denominada Poeta Herrero, creo que es una de las más fotogénicas de Requena, pues tomada desde su embocadura, en la calle de El Peso, la vista se prolonga hasta lo alto de las Peñas. Así queda testimoniada en fotografías antiguas, una realizada antes de 1919, por la casa Industrial Fotográfica de A. Fabert y otra unos años después, en torno a los veinte o treinta, realizada por la casa Hernández y Sánchez, y en fotografías posteriores, tal como aparece en 1965, en una instantánea tomada por don Antonio Andújar Martínez, y cedida por mi amiga Mª Luisa García.
       En la fotografía realizada antes de 1919, podemos ver el algo de la bulliciosa vida comercial de la calle Olivas, todavía con suelo de tierra. Es la época de cuando nuestras abuelas eran jóvenes, vistiendo al estilo de la “Belle epoque”. A la izquierda un trío de chicas con falda corta, posiblemente jovencitas que todavía no se habían puesto de largo, ante un establecimiento que en mi infancia, años cincuenta, era la zuclería de Royo.

     Y un poco más arriba, donde décadas después estaría la tienda de tejidos de Arturo Soriano, mujeres mayores con la indumentaria más tradicional de los pueblos, falda, delantal y pañuelo, posiblemente negros o grises. Por la derecha se ve un grupo en el que las señoras llevan los mantones doblados sobre el brazo, vestidas con falda larga, blusa y delantal, y los varones -niños y mayores- con gorra, sobretodos claros y algún blusón, y también algunos hombres con traje. Están situados delante de un edificio en el cual se instalaría, según cuenta la publicidad, el Banco de Vizcaya, que yo nunca llegué a ver en ese sitio, y más adelante la droguería de Isidro Gómez, y “Establecimientos del Hogar”.
       Algunos años después, entre los veinte y los treinta, en una calle Olivas que ya contaba con acerado, vemos a los hombres y jóvenes, que seguían tocados con gorras, y las faldas algo más cortas en las mujeres. Esta fotografía nos sitúa un poco más arrriba que la anterior, en la mismísima puerta de lo que sería la alpargatería de Marcelino Roda, que si se fundo en 1903, bien podría tratarse de la misma. Por la derecha en la misma esquina con la calle Marquillo, una joven está en la puerta de lo que conocí, algunas décadas después como la tocinería de Ballesteros. Algo más arriba se perfila el modernista mirador del edificio en cuya planta baja se alojaría la mercería de Alfredo García, y enfrente, el mirador sobre la tienda de los Masiá.
        La fotografía de los años sesenta, con la calle ya adoquinada, sí es de mi época. Todavía se mantenían la mayoría de los comercios por los que yo pululé yendo y viniendo haciendo recados a mi madre y mi abuela. Viendo a los tenderos, propietarios o dependientes que fueron configurando mi universo de personas conocidas, mis referentes que, tanto echo de menos, cuando ahora paseo por una calle Olivas menos bulliciosa y con comercios que ya no reconozco.
       En otro momento había comenzado mi remembranza de la calle Olivas en las mismísimas “cuatro esquinas”, y había llegado hasta el Río Grande -la calle que va de Poeta Herrero a Norberto Piñago, oficialmente denominada del Poeta Serrano Clavero-. Pues bien, una vez rebasada esa deliciosa calle donde tanto jugábamos, siguiendo por la acera derecha, haciendo esquina, había un local, en el que, parece ser que allí llegó a estar instalado un banco, si bien yo siempre lo conocí como algo de don José María Viana, veterinario. A continuación, en el número 14 según reza la publicidad, había una de las tiendas más fascinante del mundo, y si no era así, era una de las que más me fascinaron en el proceso de crecimiento e ir asomándome al mundo más allá del ámbito familiar. Todas las tiendas de ultramarinos de Requena eran sugestivas por su contenido, seductoras por sus aromas, agradables por sus tenderos, pero la que estaba más cerca de casa era la de los Masiá. Una amplia entrada, que se cerraba con una puerta de madera de dos hojas, te introducía en un amplio espacio en el que no importaba esperar a que te tocase el turno, o yo era muy pequeña y no tenía prisa, lo cierto es que había tantas cosas que “mirar”, que contemplar, que admirar, que saborear aquellos olores, aquellos colores de alimentos...En la tienda se veía que al fondo y a la derecha había otras entradas que daban a almacenes en los que debía de haber de todo, pues también vendían pienso para los animales, lo cierto es que los dependiente llevaban un buen trajín. A la derecha y de frente un mostrador de madera. A la izquierda, dando ya a la salida, estaba la caja, un pequeño mostrador en el que Faustino hacía de cobrador. Federico Masiá era ya un hombre maduro, luego había dependientes de varias edades, recuerdo a Miguel y a Luis. Todavía sigue maravillándome rememorar el arte que tenían para envolver los productos, dado que entonces todo se vendía a granel, azúcar, arroz, café, lentejas, garbanzaos... Los productos estaban en grandes sacos y ellos tenían cortadas unas resmas de papel de estraza, según tamaño, y con un increible estilo, que tenían todos los dependientes de entonces, te hacían un cucurucho en el que vertían el producto que pedías, lo pesaban en unas básculas pequeñas, blancas y lo cerraban con verdadero arte, no se salía nada, nada de lo que hubieses comprado. También nos surtíamos allí de aceite, que se expendía en un extraño artilugio -en realidad un émbolo- en el que había una manivela que le daba el tendedero y subía el aceite hasta la cantidad señalada, creo que un litro, luego le daba a la inversa y se vaciaba en la bortella o garrafa que le habías llevado. Destacaban aquellas grandes latas con el atún en aceite o en escabeche, los botes con aceitunas y otros encurtidos, y aquellas barricas de madera con las sardinas saladas, y el inolvidable bacalao...

      La cordelería y alpargatería de Marcelino Roda, era el lugar donde nos surtíamos de zapatos y, sobre todo, de las maravillosas zapatillas de pascua. Marcelino etaba siempre tras la caja, entrando a la derecha. Acontinuación tres largos mostradores haciendo un recuadro, y tras ellos las altas etanterías, totalmente llenas de cajas de zapatos, cubrían las paredes. Delante de los mostradores había bancos en los que los clientes se sentaban para probarse las zapatillas y zapatos. En el escaparate de la derecha estaban los zapatos y botas, aquellas de Segarra que no se rompían nunca. De dependientes estaban Rafael, su hijo, y un chico y una chica, cuyos nombres no recuerdo.

      No andan muy clara por mi memoria la tienda de ropa de confección, de Los Alejandros Martinez, que estaba en el número 10. Tampco la ferreteria de Marcial López Garrido, que vendía también armería y explosivos, tal como consta en el anuncio publicitario. Allí encontrabas desde clavos hasta pozales, cadenas, etc. 


      Grato recuerdo me trae el número 4, pues allí tenía su comercio Arturo Soriano, hombre austero y educado donde los hubiera, lo recuerdo como un señor correctísimo, en la publicidad, en el que aparecía un glamuroso diseño de los cincuenta, anunciaba tejidos, novedades y confecciones. Allí estaba la sede para el intercambio del “Cupón Regalo Comercial”, un sistema de cupones que te daban en las mayoría de las tiendas, según el importe de la compra, y unas cartillas en blanco para pegarlos. Cuando las cartillas estaban llenas podían cambiarse por regalos que hoy podríamos clasificar de cachivaches, pero que en la Requena previa al consumismo, resultaban útiles y atractivos.
    Lugar especial por sus atrayentes escaparetes y el inconfundible aroma que salía por la puerta resultaba la pastelería de Elvira, la viudad de José Royo, también fábrica de chocolate muy especialmente cuidaban los bombones, las yemas, los coquitos, la repostería en general. Exquisitas tortadas y “sultanas” de nata, y unos deliciosso caramelos de malvavisco de color meloso y rebozados con azucar glasé, también había frutas escarchadas.

     
       En la calle Olivas, bjando a la derecha, había un pequeño comercio, tan pequeño que tal vez no se registrase en el registro mercantil, no aparece en la publicidad, pero permanece en la memoria de todos los niños de mi generación. El habitáculo que Carmen, conocida como “La Basa”, tenía en el edificio de los Verdú. Siempre lo recuerdo abierto, me parece recordar que tenía algo de verdulería, pero sobre todo era lo que hoy denominamos tienda de “chuches”, pipas, cacao, cacahuete, torrates, tramusos y, sobre todo, unos riquísimos “pirulís”, caramelos pequeños en forma de conos, hechos de azúcar, envueltos en un papelillo de seda de colores, sujetos con un palillo.  Era uno de los chuches más apetecibles de mi infancia, en la que, además no existían los chupachups. Aquel era el sitio al que íbamos a parar en cuanto disponíamos de algún céntimo de peseta, porque entonces con eso se podía comprar algo. Carmen vestía como una mujer del pueblo, su falda, delantal, toca, pañuelo en la cabeza, y todo en los tradicionales tonos grises, casi como las mujeres de las fotogradías principios del siglo XX.

       A mitad de la calle Olivas sigue habiendo un edificio, nítidamente modernista, por el que yo siento algo especial. Allí vivía una familia de maestros, a los que recuerdo con un afecto especial. Los padres eran don Sebastián Reverter, maestro en las escuela de la calle Colegio y doña Emilia Pastor, maestra en el grupo escolar Alfonso X. A ambos los conocía como maestros, a don Sebastián como maestro de repaso, famosos por sus “chavos”, operaciones largas de cálculo, y las simpáticas historias que nos contaba de sus abuelos cuando las guerras carlistas. Doña Emilia fue una de mis maestras de primaria. Sus hijas Mª Carmen, Emilia y Elena también eran encantadoras, aunque con la que más tuve la suerte de tratar fue con Emi, la tuve de maestra de repaso un tiempo. El hijo se llamba Sebastián. La familia tenía un lindo perro negro de pelo rizado, al que llamaban  “Morito”.¡Cuanto, y qué a gusto, entré y salí de aquella casa!. Y en la planta baja de aquel edificio modernista, en el local comercial, que se abría tras aquel medio arco de herradura, estaba la mercería de Alfredo García y Eliseo Viana. Éste, entonces un chavalín, tan sonriente y agradable como ha sido toda su vida. Alfredo era otra de esas personas afables, siempre preguntaba sonriente que era lo que quería, pues mi madre me enviaba a por hilos, agujas, botones, corchetes, clecs, lencería...
      Pasado este entrañable edificio venía el estanco, sitio obligado de comprar los sellos y las cerillas. Luego, haciendo esquina con la calle Marco, la gorrería de Nati, tenía un atractivo escaparate o, al menos, yo me paraba mucho en él, posiblemente porque siempre me gustaron los sombreros. 

       En la otra esquina de la calle Marco, estaba la tocinería de Emilio Ballesteros, pero no recuedo frecuentarla. En cambio si entré muchas veces en los edificios que venían a continuación. Rememoro como un gran edificio en cuyos bajos había sendos comercios, dispares, pero bastante frecuentados. En primer lugar venía el denominado "Establecimientos del Hogar”, no se si entonces era algo así como un bazar, lo cierto es que allí se exhibían vajillas, cristalería, cuberterías, lámparas maravillosas, las máquinas de coser, los electrodomésticos que comenzaban a ir apareciendo, todo lo necesario para la casa, y el sitio adecuado para regalos, especialmente los de boda. Era un local muy luminoso, daba gusto entrar en él, aunque yo andaba siempre con mucho cuidado por temor a rozar siquiera uno de quellos frágiles y hermosos objetos. El propietario se llamaba Luis Pérez, y la simpática dependienta, Amelia.
       La droguería de Isidro “El Gallo”, casi diría que mantenía rasgos decimonónicos. El mostrador a la derecha, detrás de él y por todo el resto de paredes hasta el altísimo techo, estaba lleno de estanterías, algunas con puertas de cristales. ¡Ah, aquel simpático drogero, que fue Isidro, y su mujer Elvira! Daba gusto verlos, podías pedirles cualquier cosa, si no la tenían te la buscaban. Allí estaban los estropajos de esparto, el jabón de piedra, los pinceles para pintar la casa, todo tipo de pinturas, y también algunos perfume que por aquel entonces resultaban casi exóticos.
    Poco más abajo, estaba la glamurosa tienda de “Naranjas y limones”, no, no era un frutería, sino el comercio de tejidos y novedades, pañería y sedería, según la publicidad, de Nicolás Navarro. A este señor nunca lo conocí, pero en su tienda entré infinidad de veces. La decoración era más moderna que la del resto, el diseño era más de los años cincuenta. Dos amplios y luminosos escaparates custodiaban una puerta de entrada que daba paso a un amplio espacio cubierto de etantes con piezas de telas, forros, etc. que sobresalían de ellas y mostraban todo un abanico de ordenados colores. Al fondo, de frente, estaba la caja, tras la cual solía estar Pilar, la propietaria, ya viuda, y su yerno Luis Climent. Debió tener mucha venta a juzgar por el número de dependientes que había: Antonio Benlloch, Almerich, Brizuela, Leandro Ochando, Vicente, Emilio y el mas joven Luis López Gorbe. Yo era un pizco cuando iba a por forro o entretelas, pero todavía me encanta encontrarme con alguno de ellos y saludarlo.
     
       En la actualidad el área comercial se va desplazando en Requena, aquella calle ya no tiene el bullicio que otrora tuvo, algo se mantiene en su comienzo, en los límites con la calle de El Peso, pero otro aire corre por nuestra calle Olivas, otros aromas, otros productos. Bueno lo de aromas es un decir porque ahora todo viene envasado. Por cierto, como no sé si escribiré algo sobre la calle del Peso, quiero poner un broche de oro al universo que configuró mi infancia y primera juventud en la calle Olivas. Y voy a hacerlo extendiendo ficticiamente la calle hasta la acera de la calle de enfrente, la del Peso que ponía limite a las casa al pie de la muralla del castillo. Y es que allí en el verano había un puestecillo de helados, un pequeño gran carrito que, de mano de Pilar, -no recuerdo su apellido, sólo que vivía en la cuesta del Cristo- nos surtía de los helados mas suculentos que haya podido comer en mi vida. ¿Exagero? No. En muchos y famosos lugares he tomado helados, pero ninguno tan natural, tan sabroso, tan sencillo, tan artesano, tan amorosamente hecho como los que aquella sencilla mujer de la Villa nos servía en unos cucuruchitos de galleta. Era un carrito con dos heladeras de corcho en cuyo interior había un recipiente cilíndrico metálico, entre ambos estaba el hielo. Tal vez no había nada más que unas pocas variedadades, mantecado, vainilla, chocolate... además de los polos, hechos con agua y algo de fresa. El carrito estaba rematado con una lona a doble agua, montado sobre ruedas, que Pilar subía y bajaba cada día por aquella empinada cuesta del Cristo. Muchas, y fantasiosamente adornados, helados he pedido en mi vida, pero ninguno con el entusiasmo, la ilusión con la que iba al carrito de Pilar, con los escasos céntinos que podíamos reunir entonces, y le pedía un helado, ninguno me ha sabido tan sabroso.

miércoles, 18 de enero de 2017

Un regalo de Reyes. Los primeros ejemplares de El Trullo

La Requena urbana que yo conocí, en mi infancia, la consideraba como algo que estaba allí, tal cual, desde siempre. Cierto que mi abuela Emilia me contaba que cuando ella era joven no existía la Avenida y que el convento de las Agustinas cerraba el Portal. Pero, a decir verdad, todo eso era algo abstracto porque cuando yo bajaba de mi casa en dirección sur, bien por la calle Olivas, bien por la de las Monjas siempre acababa en una espléndida plaza, con una hermosa fuente de los Patos y, a continuación, una Avenida que, a mitad de los cincuenta, ya era espéndida. Pero lo cierto es que no siempre había sido así. Sencillamente, había surgido en menos de una década.
Comencé 2017 abriendo y sumergiéndome en un precioso regalo que me había hecho una jovene amiga de Requena, Mª Luisa García, los primeros números de nuestro viejo Trullo digitalizados. Yo conocía algunos ejemplars de los cincuenta, pero nunca había visto aquellas humildes hojitas de cuatro páginas con las que El Trullo comenzó su vida en 1949, saliendo en ese formato durante varios años. De momento tengo los de 1949, 1950 y 1951. Son los años en los que se gesta mi generación, cuando fueron naciendo mis amigas de la calle, mis compañeras de la escuela primaria y, después, con los chicos y chicas que coincidiría en el Instituto de Enseñanza Media. Son los años en que nuestros padres eran jóvenes, el peso de la historia recaía sobre ellos. Ver la Requena de 1949, 1950, 1951 desde estas viejas páginas de El Trullo es como entrar en su mundo nuestros padres, sus reuniones, sus comisiones, las damas amigas de nuestras madres... Sumergirme en las páginas de El Trullo ha sido algo más que encontrarme con una importante fuente histórica para datar acontecimientos, cosa que siempre me encanta. Sinceramente, no esperaba encontrar unos párrafos tan entrañables, tan llenos de vida como los que encontré al sumergirme en la Requena que vivieron los fundadores de la Fiesta de la Vendimia, tal y como la van describiendo desde la páginas de El Trullo -hoy ya convertido en fuente histórica-, pero con el sabor añadido de lo que forma parte de mi ser, de mi propia historia. Todo comienza a cobrar vida como en una película. Es una de las experiencias más gratas que he tenido como investigadora de historia, ser testigo del sueño de quienes, finalizando la década de la dura posguerra, la de los años cuarenta, creyeron que otra Requena era posible, pero para ello había que arrimar el hombro, había que echarle esfuerzo, sacrificio, ilusión. Para ello crearon la Fiesta de la Vendimia, con un sorpresivo ánimo lúdico, social, económico, artístico, turístico... todo ello provenía de un incuestionable amor a su terruño, a su pueblo, a su Requena. Y lo más sorprendente, con una decidad superación de clases, distritos, colores políticos, todos eran “requenenses”. De todo ello espero dara cuenta en algún artículo de historia, pero hoy prefiro dejarme embargar por el placer de recordar lo que El Trullo me cuenta de cómo se fue configurando la Requena que “estaba ya allí” cuando yo nací en aquel bendito pueblo.

Los años 1948, 1949 y 1950 habían sido de gran transformación para Requena. El Trullo de Enero de 1950 recogía los hechos más destacados de Requena en 1949. Se inauguró el nuevo mercado de Abastecimientos, se renovó la Corporación Municipal, se impulsó el futbol, se ayudó a unas hermanandades que estaban dando esplendor a la Semana Santa. Se ampliaron escuelas en las Peñas, se continuó con el alcantarillado de la Avenida y se adjudicó la construcción del grupo de viviendas “Eduardo Iborra”. Para la celebración de la Feria se elaboró un pabellon desmontable y casetas propias. Y como colofón final se había apoyado incondicionalmente la “I Gran Fiesta de la Vendimia”, nos cuenta El Trullo. La carrereta de Requena a Chera atravesaba las Peñas, en una época en la que los patos y las gallinas andaban pacíficamente por la calzada, por aquellos años se hizo el desvío para acceder a la misma desde la calle de las Cruces. También se acometió la reforma de la Cuesta de la Carnicerías que, en opinión de Horacio, un pseudónimo de alguien que no he identificado, le aportaría un estilo antiguo y en la que se colocarían unos faroles de forja,  de los de verdad, con su perilla de luz dentro del mismo, como deben ser los buenos faroles. El resultado fue un bello rincón, en el que por la noche, sobre todo, con su iluminacion y blancura podría buscarse alguna de las recias poesías castellanas. Rincón que plasmaría con su cámara el fotógrafo Pérez Aparisi.

No solo traen, estos entrañables Trullos, noticias, sino que se insertan páginas literarias y artículos sobre enología y viticultura, algunos de ellos firmados por el insigne don Pacual Carrión. Como de vinos no sé nada más que saborearlos, no puedo hablar de ellos, pero hay otros escritos, que hablan sobre Requena y que son dignos de ser rescatados y compartidos, en nuestro presente, porque en ellos encontramos la misma pasión, los mismos sentimientos por lugares comunes. Hoy recupero una deliciosa descripción de la Glorieta, su autora es Angelina, firma así de simple, por otros escritos sabemos que se apellida García, pero no se más de ella. Solo sé que, en su deambular literario por nuestro amado parque, condensa todo el amor, entusiasmo y nostalgia que podamos tener más de seis décadas después. Está publicado en El Trullo de 2 de septiembre de 1951.
En su “Estampa de la Glorieta”, Angelina iniciaba su artículo diciendo que aunque parecía haber pasado la moda azoriniana de cantar los rincones provincianos, valía la pena seguir haciéndolo porque la “Glorieta, el corazón de Requena, seguirá siendo digna de elogio y de cantarle desde lo más recóndito de nuestra alma.
La soledad de la Glorieta, es un sedante para los nervios estas horas en que la humanidad, sometida a la tiranía de lo exacto, víctima del reloj y de la propia libertad no encuentra quietud en su espíritu.
Aquí en sus paseos recoletos y silenciosos se puede muy bien liberar de la noticia tensa de la radio, del periódico y cine psicológico y morboso.
Parece que aún guarda reminiscencias del antiguo huerto Carmelitano y del Padre Heredia, paseando por sus senderos, vedla en su paz en una tarde septembrina, en un crepúsculo otoñal, en un nocturno dominguero, con el perfume de sus jardines y en el ambiente desgranándose las notas de un vals romántico y triste.
¿Y quien no recuerda melancólicamente sus juegos y las canciones infantiles en la Glorieta?
En mi niñez, mis recuerdos de juegos juveniles se hallan impregnados de la música suave del romance popular, cantado pro tantas generaciones:

                                'Yo me quería casar con un mocito barbero
                                y mis padres me querían monjita de monasterio'
Se ha parado la vida entre sus enredaderas y flores, tan solo flota en sus bancos y farolas señoriales la divina sencillez de la Poesía.
Los juglares requenenses nos dejaron sus huellas en la arena de sus paseos. El tiempo se detiene un momento, me los imagino meditando y soñando con un libro de versos.
¿Trasladará al lienzo las flores de nuestro jardínes el gran pintor Martínez Checa?
(...)
En las grandes ciudades no se sueña, el ritmo trepidante de su vivir no deja paso a los sueños.
En la Glorieta se puede soñar sin sentir, camina el alma por los senderos de la Poesía.
¿Qué nuevo poeta cantará algún día su sabor rural y altivo? Y también se alegra el espíritu en una noche de fiesta cuando la juventud, ese divino tesoro que el poeta cantará nostálgicamente baila en su recinto.
No son los valses galantes de nuestros abuelos, pero sí una generación nueva que siente el mismo cariño hacia la Glorieta” (ANGELINA)

viernes, 2 de diciembre de 2016

LA CALLE "OLIVAS" (1)


Mis papis, Gregorio y Carmen
 en la puerta del Bar de Martínez
Mis primeros cinco años pasaron entre la casa familiar, en la calle Generalísimo, y el Café-Bar Martínez en el que trabajaban mis padres, situado al comienzo de la calle Olivas, oficialmente Poeta Herrero, es decir a escasos metros de casa. Podría decir que el primer tramo de la calle Olivas, el que va desde las “Cuatro Esquinas” hasta el “Río Grande”, formó parte de mi primer universo, aquel en el cual comenzó a configurarse el mundo más allá del ámbito familiar. En consecuencia, lo que allí encontré, las tiendas, casas y personas que entraban en aquel espacio vital, de algún modo era como si existiesen desde siempre. 

   
  

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 de Papelería Molina
Saliendo del Bar, a la derecha estaba la puerta de una vivienda familiar que, a decir verdad, ignoro quien vivía. A continuación la “Imprenta Molina”. Yo siempre la he visto allí, aunque los anuncios de los primeros años cincuenta la sitúan en la calle Calvo Sotelo. Primero te encontrabas con el taller, donde estaba la maquinaria impresora, y luego la tienda. Aquella tienda donde toda mi vida de estudiante me abastecí de cuadernos para escribir y para dibujar, lápices, borradores, tinta, sacapuntas, estuches de compases y tiralíneas, plumieres, plumillas, cajas de lápices de colores Alpino...Entrar allí siempre me resultaba fascinante, todo aquel material tan ordenado, tan sugerente, tan seductor, tan bonito. Hasta me paraba en el escaparate y contemplaba uno a uno los productos allí expuestos. La música de fondo era siempre como un plas-plas, plas- plas, el ritmo que llevaban las máquinas impresoras. Y el olor de papel y tinta quedaría impregnando mi memoria de modo que, cuando décadas después, ya en mi vida profesional, tuve que andar con publicaciones y pisar muchas imprentas, me sentía como en casa. Antonio Molina y su hija Elena estaban siempre allí, tras el mostrador, dispuestos a acercarme cualquiera de aquellos objetos que me resultaban tan preciosos. En ocasiones estaba otro de los hijos, Toni. Todavía me gusta entrar allí, aunque la decoración ha cambiado, y recrear mi mirada por objetos tan bonitos y estimados. Es como si rebobinase el tiempo y me situase de nuevo a comienzos de curso en el Bachiller, cuando había que comprar cuadernos, uno para cada asignatura y poner en la primera hoja nuestro nombre y apellidos, número de matrícula y el título de la asignatura correspondiente, en el que podíamos poner toda clase de florituras. Y aquel papel azul, medio satinado, para forrar los libros.

      
En el margen izquierdo de la calle Olivas, frente al Café, había dos talleres de arreglar zapatos. Él de Rafael “Tiriri”, y el de Luis Gómez “Farnesio”. El primero era a donde llevábamos nuestros zapatos a poner medias suelas y tapas de tacones, aunque nadie joven se lo quiera creer las suelas de los zapatos eran de cuero de verdad, pero se desgastaban fácilmente y se les hacía un agujero enorme en mitad de la suela. Su tarea resultaba totalmente artesanal. Recuerdo ver tomar un trozo de goma negra dibujar en ella el tamaño de la suela, recortarla y comenzar el proceso de renovación. Mucho me admiraba la habilidad y rapidez con el que les sacaba brillo, o como cosían los desgarrones de los difíciles pespuntes de un zapato con una curiosa máquina de coser. Y siempre había decenas de zapatos para arreglar, en aquellos tiempos no se disponía de muchos pares de zapatos y se usaban hasta casi su extinción total, o en el caso de los niños hasta que ya no había forma de meterlos en los pies, siempre crecientes. Había una gran demanda de arreglar zapatos y muchas de las veces que los llevábamos a reparar no lo hacían de forma inmediata. De ahí que cuando hacían falta nos mandaban a los niños a por ellos y nos sentábamos delante del zapatero hasta que nos los entregaban ¡podían pasar horas y horas! El taller de Luis Gómez me resultaba peculiar porque aprovechaba el desnivel del terreno y había que descender primero unos escalones. El local era amplio y durante el día hacían vida familiar, estaba su mujer Florentina, que era modista, y Pili, su hija y una de mis amigas de la infancia. El hijo, mayor que nosotras, se llamaba Luis ¡Cuanto jugaríamos en aquella calle, en el bar, en el taller!

      
    A continuación venía la barbería de Eusebio Fons, el propietario, y Nicolás Sánchez, el ayudante, dos personajes que a mí me parecían muy amables y simpáticos, tenían todo un estilazo a la hora de poner y, sobre todo, retirar del cliente aquel gran peinador blanco con el cual los cubrían para no mancharle. El local tenía una gran cristalera que permitía ver la tarea que hacían desde fuera. A la izquierda, pegado en la pared habían colocado un gran espejo, bajo el cual se ubicada una amplia repisa llena de afeites e instrumentos propios de peluquero y barbero. Me impresionaban aquellas navajas de barbero, de esas que en las películas daban miedo, y las frotaban en unos artilugios llamados afiladores, compuestos por una tira de cuero sujeta a un mango. Eran curiosos los cilíndricos botes metálicos donde tenían barras de jabón y brochas, había que ver la rapidez con la que hacían, en una escudilla, una abundante espuma que aplicaban por toda la cara del cliente. Varias clases de tijeras y maquinillas de cortar el pelo, y una suaves brochas con las que remataban la faena del corte pasándolas por el cuello. No podría distinguir las botellas con colonia de las del linimento o potingue que se les ponía a los caballeros tras el afeitado, pero olía bien, como todo aquel establecimiento. Frente al espejo, dos grandes y aparatosos sillones de hierro cuyo respaldo podía abatirse. Pegadas a la pared de la derecha, varias sillas donde se sentaban los hombres a esperar que les tocase el turno. Por las mañanas, habitualmente, no acudían muchos clientes, pero por la tarde y los sábados si estaba llena. Parece ser que aquella barbería, como posiblemente otras, era una fuente de noticias clave en el pueblo, nada se escapaba de su conocimiento.

        La casa siguiente pertenecía a Isidora, una señora viuda, que vivía algo más arriba, en la calle San Luis. Ese edificio tenía una puerta bastante nueva que daba paso a una vivienda de gran profundidad, pues llegaba por debajo hasta casi el hotel Agulló.

      
Onofre Monzó fabricaba baldosas, pero allí también se podían comprar pilas, zafareches y lápidas mortuorias. Era uno de esos sitios en lo que lo artesanal se articulaba con piezas industriales elementales. Claro que en mi infancia yo no tenía ni idea de lo que era la cultura agraria y la cultura subsiguiente a la revolución industrial, pero creo que todo eso lo iría aprendiendo teniendo como punto de referencia lo aprendido, por ósmosis, en el hábitat cotidiano. La entrada era amplia, por allí podía pasar tranquilamente un carro, estaba cubierta, a la derecha había una minúscula vivienda donde pasaban el día la familia, y el taller de baldosas, al final desembocaba en un amplísimo patio de terrizo. Todavía recuerdo la familia al completo. El padre Onofre Monzó y su mujer Pilar, padres de Pili y Onofre. Pili iba al taller de mi madre a aprender a coser y Onofre, el joven, al que todavía saludo por la Avenida, hacía baldosas. Todavía me parece verlo subido sobre una tarima y echar en un molde de hierro cuadrado pasta de diversos colores que distribuía al azar, luego echaba arena o cemento y aplicaba la prensa, de allí salía una baldosa con las que se asolaban tantas casas.

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 de la tienda de Maximino Pérez
      La tienda “Philips” de Requena era de Remigio Pérez, allí vendía aparatos de radio, los primeros electrodomésticos que iban apareciendo y material para la electricidad. Su familia vivía al lado de casa de mis padres. Llegué a conocer al abuelo, Maximino, el fundador de la tienda,  pero sobre todo a Aurora, su mujer, y a su hija Mª Asunción, con la que también jugué mucho. De aquella tienda, que recuerdo su mostrador y su habitación de estar al fondo, lo que más me llamó la atención era su anuncio de “Mejores no hay”, porque fue una de esas frases publicitarias que tardaron mucho en entrar en mi cabeza. En mi tierna infancia yo solo entendía que allí no tenían buenas bombillas para la luz, que mejores no había, como si dijesen que se fuesen a comprar las buenas a otro sitio.

       Las casa de “Fogueles” era un pequeño edificio en cuya planta baja estaba instalada una tienda que era cerrajería y herrería. Fogueles, en realidad se llamaba Fructuoso, pero no recuerdo el apellido. Debía ser un hombre realmente habilidoso y con muchos recursos prácticos porque lo llamaban cada dos por tres, o a los críos nos mandaban a su taller, con la misma frecuencia, a que arreglase algo necesario en la casa.

Puerta de la carnicería. 
De izquierda a derecha, Mª Luisa Pérez, 
María y Ángela Sánchez Roda, 
Lolín Herrero y la niña Matilde Navarro
(Foto cedida por Ángela Sánchez Roda)

A continuación venía la tienda de Miguel Sánchez y Patrocinio Roda, padres de Miguel, María y Ángela. Una blanquísima e impoluta carnicería a la que solía ir con mi abuela Emilia desde bien pequeña, tanto que no alcanzaba a ver la carne que había sobre el mostrador y me dedicaba a contemplar los bonitos dibujos que había esculpidos en el frontal de mármol, tenían el mismo estilo que la decoración de las casas de algunas amigas de mi abuela. Obviamente entonces no sabía como se llamaba, muchos años después supe que se trataba del estilo “modernista”, que incidió mucho en la decoración y fue mi plataforma para saber fechar cosas relacionadas con él.

       La calle Olivas, la segunda en importancia, tras la calle en la que vivía, en mi vida vino a ser como el universo particular en el que yo fui abriéndome paso al conocimiento del mundo cotidiano, de las personas, de las cosas, de los establecimientos, de los anuncios. Todo un mundo que no venía en los libros de texto de la escuela, pero que fue tan vital como el otro.

       La calle Olivas tiene mucho que contar todavía. He descrito el primer tramo el más vinculado a mis primeros años. Mucho queda todavía que contar, muchas tiendas, muchos personajes que al describirlos en el papel parecen recobrar vida. De hecho siguen vivos en mi corazón porque cuando mi memoria rebobina la película de entonces los echo de menos.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

AÑOS ESCOLARES, EL "ALFONSO X"

Fotografía hecha en uno de los cursos en el Alfonso X
Detrás de la imagen había un mapa
     Antes de dar mis primeros pasos en la escuela primaria, recuerdo, aunque muy fragmentariamente, una gran caperucita, pintada de un rojo intenso, en la pared de una de la aulas del Colegio de Nª Señora de la Consolación, a una monja que llamábamos Madre Pilar, muy cariñosas y rodeada de niños muy pequeños. Mis padres, que trabajaban ambos en el Café-Bar Martínez, me llevaron alli, desde los dieciocho meses a los tres o cuatro años, a lo que hoy llamamos guardería. No sé como se llamaba entonces. 

    
Estado actual del Colegio de la Glorieta
El Colegio estaba cerca de casa, frente a la Glorieta. Era un vetusto edificio del siglo XVIII, gemelo de otro contiguo, conocido como casa de las “Salvás”. La clase de Caperucita creo que estaba en la planta baja, pero también tengo como en una nebulosa una gran aula en el piso superior y a otra monja, realmente encantadora, madre Enriqueta, pero no sé que nivel escolar era, ni si estuve allí mucho o poco tiempo. Entonces había clase por las tardes, hora en el que el sol pegaba en aquellas enormes cristaleras y nos inducía a un sueño profundo. El edificio era muy grande, pero lo recuerdo vagamente. No sé, exactamente cuando cambié de colegio, mi padre era católico y apreciaba a las monjas, pero creo que optó por la enseñanza pública gratuita. A fin de cuentas, él había crecido en La Portera, una aldea de Requena donde mi abuelo paterno había habilitado parte de su casa para escuela y por allí habían desfilado buenos maestros.



Imagen reciente del "Alfonso X"
     Mis recuerdos se vuelven algo más diáfanos, posiblemente porque ya contaba con unos seis años, en cuanto a la escolarización en la enseñanza primaria, la cual tuvo lugar en el flamante y luminoso edificio que entonces se llamaba “las escuelas nuevas”, pues había sido inaugurado en 1954, y en el que permanecí hasta los diez años e hice el examen de “Ingreso” en el Instituto de Enseñanza Media. Su nombre oficial era “Grupo Escolar Alfonso X el Sabio”, su nombre me sabe a algo entrañable, delicioso: a uniformes blancos, a amigas de infancia, a juegos en el patio, al mes de María, a leche en polvo y queso amarillo, a buenas y cariñosas maestras, a la Enciclopedia Álvarez. Su nombre está escrito en mi certificado de escolaridad y en lo profundo de mi corazón.
 
     Ubicado entre la calle de San Agustín, al sur, y la avenida de General Pereyra, al norte, la entrada se hacía por una calle que por entonces parecía no tener nombre. Al principio solo se accedía desde la plaza de los Patos y San Agustín, porque el desnivel respecto a la calle de General Pereyra era considerable, pese a todo la pared presentaba las suficientes grietas para trepar por ellas y evitar dar la vuelta, dado que yo vivía en la Carretera. Unos años después el Ayuntamiento puso las famosas escalerillas para facilitar el acceso entre las calles, y a esta la denominábamos habitualmente “calle de las Escalerillas”, aunque en 1957 se rotuló con el nombre de un meritísmo maestro requenense, don Vicente Alonso Álvarez (1870-1930) ¡Ay esas escalerillas, cuanto subí y bajé por ellas! Al final, para los críos era otro sitio de juego.

Los patios eran de terrizo, separados por una tapia
     El edificio del Alfonso X era nuevo, tenía dos plantas con entrada independiente y disponía de grandes patios de terrizo. En la planta de abajo estaban los niños y en la de arriba las niñas. En mi tiempo el director del centro era don Antonio Beltrán, un carismático maestro de niños, cuyos alumnos le rindieron homenaje muchas décadas después. También estaba don Rafael Bernabeu, y don Ramón Salmerón. El bedel creo que se llamaba Miguel, un hombre no muy alto, enjuto de carnes y con un sobretodo gris, cuidaba del edificio e intentaba poner orden sobre todo ante las múltiples travesuras de los chicos.
    Los patios eran amplios y soleados, de tierra, un pequeño muro separa el de chicos del de las niñas. El nuestro quedaba limitado entre esa tapia al sur, y por el norte por el muro con la Avenida del General Pereyra. La torreta cobijaba y daba luz a la escalera de acceso a la planta de las niñas. El porche de acceso a la parte de las niñas estaba abierto, suficiente para guarecernos en el frío invierno hasta que abrían la puerta, o disfrutar del recreo si llovía. Rebasada la escalera se extendía hacia la izquierda un amplio pasillo, que doblaba luego hacia la derecha haciendo una ele. En el ángulo del mismo había una imagen de la Virgen María. A lo largo del pasillo se distribuían las clases. 
 
    
Patio de las niñas, el porche estaba abierto
     Entré en párvulos, digo yo que se llamaba párvulos, porque entonces solo recuerdo pasar de unas clases a otra según iba creciendo y solo sabía que había niñas pequeñas y niñas mayores. Lo de la matrícula, o la inscripción de los niños en el colegio no sé como se hacía. Ignoro el papeleo que pudo o no llevar a cabo mi padre, pero si recuerdo que una mañana me pregunta la maestra donde vivía, cual era mi domicilio. Yo no tenía ni idea, “en la Carretera” indiqué, pero claro esa no era la respuesta adecuada. Ante mi despiste, la maestra me ayuda diciendo: “En la pared de la esquina de tu calle, ¿no hay algún nombre?” “Si, le contesté”. “¿Cual?”, continuó la maestra y yo le dije: “Carteles no”. Me aclaró que eso lo ponían en muchas calles, pero no era el nombre de la misma, de modo que hubo que aplazarlo para otro momento. 

 
     Mi primera maestra fue doña Mª Ángeles Villafría, inolvidable, no recuerdo mucho más que sus ondas en el pelo y las gruesas gafas, pero su trato tan intensamente maternal me hizo quererla con locura. Cuando finalizados los dos años de estancia con ella tuve que cambiar de grado, debió pillarme por sorpresa y no me gustó, cogí un berrinche de categoría, me agarré a ella y comencé a llorar tan intensa y persistentemente que tuvieron que llamar a mi madre para que viniese a ver si ella conseguí arrancarme de los brazos de aquella maravillosa maestra.
    
     En primer grado tuve a doña Milagros Moltó y en el segundo a doña Emilia Pastor, mujer de otro maestro don Sebastián Reverter. Fueron tiempos del aprendizaje paulatino del lenguaje en aquellas cartillas donde decía la “m” con la “a” dice “ma” y luego añadía “mi mama me ama”. Letras, sílabas, palabras, frases...todo el bagaje rudimentario con el cual fuimos aprendiendo a comunicarnos por escrito y a saber leer y entender lo que los otros escribían. También fue el tiempo de conocer los números y de aprender a contar, a hacer operaciones sencillas de sumar y restar, a memorizar la tabla de multiplicar, a dividir. Los días, las semanas, los meses, los años y los siglos. De las cartillas pasamos a utilizar la Enciclopedia Álvarez según el grado que nos correspondiese, yo tuve las de primer y segundo grado. La de tercer grado quedaba para los alumnos mayores de 11 a 14 años aproximadamente, que permanecían en la escuela hasta completar la edad de escolarización obligatoria. ¡Cuantas vueltas y revueltas le di a las páginas de aquellas enciclopedias! Lengua, literatura, ciencias, matemáticas, geometría, geografía, religión, historia... sintéticamente expuestas, con dibujos sencillos, todo en blanco y negro, nada de fotografías. Pero me resultaron tan apasionantes, a mis escasos años, como lo fueron muchos años después los manuales universitarios. Desde la perspectiva actual del negocio editorial, hay que reconocer que con aquellos sencillos libros que, además servían de uno año para otro, los maestros y maestras eran personas con auténtica vocación pues con tan rudimentarios medios consiguieron ir abriendo poco a poco muestras mentes y prepararnos para las etapas de estudio siguientes.
  

     En ciertas ocasiones nos sacaban de la escuela, nos ponían en filas de a dos y, posiblemente vigilados por algún profesor, pero no me acuerdo de ello, íbamos a sitios concretos. Al final todo era un jolgorio. El 20 de noviembre, fecha del aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, uno de los mitos del Movimiento, régimen político que gobernaba aquellos años, bajábamos al cementerio y nos quedábamos ante lo que era la Cruz de los Caídos, ya no recuerdo muy bien si rezábamos o cantábamos. Pero lo más glorioso de todo aquello era el divertido paseo desde el centro escolar hasta nuestro precioso cementerio, pasando por la plaza de los Patos, la calle del Peso, la del Carmen y Desamparados abajo cruzar el puente de las Ollerías y enfilar aquella explanada, flanqueada por un viacrucis, hoy desaparecido, y algunos cipreses, a la izquierda de la cual se extendía el cementerio y al final, de frente, estaba la Cruz de los Caídos. Al terminar el acto solíamos entrar al cementerio a visitar las tumbas de nuestros abuelos o parientes, luego volvíamos a casa. 

      Durante la Cuaresma, teníamos otra salida, en esta ocasión a la iglesia del Carmen. Salíamos ordenaditos en fila de a dos, llegábamos al templo y, ante el Cristo de la Veracruz, cantábamos “Perdona a tu pueblo, Señor”, al final, para aquella caterva de chavales entre los 6 y los 13 años, la salida acababa siendo otra fiesta porque los empujones, las risas, las caídas al suelo eran más propios de su edad que la devoción. 
 
     También celebrábamos el “Mes de María”. La imagen de la Virgen que había en el pasillo de la planta superior, la de las niñas, se adornaba especialmente a comienzos de mayo y durante todo el mes las niñas le llevábamos flores, que entonces se cogían del campo. Por la tarde nos reuníamos ante María para rezar y cantar. Me gustaba, era un acto sencillo y cálido. En nuestras casas reproducíamos una especie de minialtar con estampas y flores.
      
     Nuestra infancia fue tiempo de austeridad, pero a decir verdad la época del hambre puro y duro no la conocimos, al menos mi generación. En casa comíamos suficiente, una dieta mediterránea, sin exquisiteces. No obstante recuerdo que algunas mañanas, en casa, me daban dinero para comprarme una ensaimada en casa de la Tomaseta y un bolo de chocolate “Anastasio”, hecho en Requena en la fábrica de chocolates El Punto ¡Realmente delicioso! No obstante la tónica general del país era de cierta escasez, algo que supimos de mayores. Lo cierto es que en los colegios nacionales se daba, a cada niño, un vaso de leche en el desayuno de la mañana, y un trozo de queso amarillo en la merienda de la tarde. La leche se hacía con agua caliente y leche en polvo, que venía en grandes sacos y era de procedencia americana. En la escuela había unas ollas de aluminio muy grandes y allí se preparaba, pero el proceso no lo recuerdo. Mucho se ha dicho sobre esa leche, ¡a mi me encantaba, me estaba buenísima! Es más, procuraba rescatar alguno de aquellos terrones de los sacos y andar dándole lametones en crudo. El queso me lo comía, pero me resultaba menos sabroso.

     Recuerdo nuestro uniformes blancos, entonces se les llamaba “babero”, nos lo ponían nuestras madres encima de la ropa de calle. Los lunes aparecíamos con unos impecable babis recién planchados que irían cogiendo color a lo largo de las semana. ¡Ah! También nos hicieron fotos típicamentes escolares con un mapa, colgado en la pared, de fondo.
     Los cincuenta fueron años gloriosos de cine, pero también de rígida censura. Nuestro acceso a los cines del pueblo estaba realmente limitado. No obstante en algunos centros, educativos y religiosos, proyectaban películas infantiles. En las escuelas nuevas había una gran aula en la planta baja, la parte de los chicos, que daba a la calle San Agustín y ocasionalmente se convertía en sala de cine. Allí se proyectaban las clásicas de Charlot, el Gordo y el Flaco, y otras que no recuerdo.
     Se pasaba lista en clase. Algunos nombres permanecen imborrables en mi memoria: Lucía Haba, Mª Carmen Cambres, Mª Carmen Montón, Mª Carmen Carrascosa, Mª Carmen Ramírez, Carmen Fons, Amparo Astudillo, Carmen Moraga, Felisa Lahiguera, Pili Gómez, Tere Enguídanos...
    
Había otras escuelas en Requena: la escuela Zorita en las Peñas, en la que todavía en los años sesenta convivían en un mismo local, alumnos de diversas edades y nivel escolar. Otra en la plaza de la villa, inaugurada en 1944, con vivienda para el maestro. En la continuación de la calle la Botica y antes de comenzar debajo los Huertos, había otro conjunto escolar que recuerdo algo deteriorado. Lo conocí porque allí estaba de maestro don Sebastián Reverter, que me dio clases de repaso. 

     Mis años en el “Alfonso X” fueron años felices, clases, juegos, amigas, maestras... que permanecen en mi recuerdo. Muchas veces vuelvo a pasar por alguna de las calles de las "Escuelas nuevas", siempre surge espontáneo el esbozo de una sonrisa, a cuya sombra están  aquellos deliciosos años.

martes, 25 de octubre de 2016

UNA "CASETA" EN LA CUESTA BLANCA

Caseta en el camino de los Pinos de Florillo a San Blas
Algunas tardes de verano mi abuelo materno, Paco, solía llevarnos a mis primos Tonín y Cloti y a mí, cuando iba a dar una vuelta a las viñas. A nosotros nos entusiasmaba subirnos en el carro y salir al campo con él, sobre todo cuando el destino era la viña que llamaban la Cuesta Blanca.

       Situada hacia el norte del término municipal se podía ir por dos caminos. Uno seguía la carretera de Villar de Olmos y poco antes de llegar a la Casa Nueva -que entonces nos parecía de las películas de las Mil y una noches- se giraba a la izquierda y se cogía un camino de tierra y piedra que enlazaba con el que venía por Rozaleme y nos llevaba a nuestra mítica Cuesta Blanca. Ahora es el más usual por la mayor presencia de coches. Pero a mi abuelo le gustaba más seguir el camino de tierra que salía del pueblo, poco después de dejar la plaza de Janini y el Teatro Principal, y enfilar el camino del estanque. Aquel trayecto le encantaba porque de joven había vivido y trabajado por los molinos de agua de la Loma, y en los primeros años de matrimonio vivieron, él, mi abuela Emilia y mis dos tíos, en el molino que había y hay antes de cruzar la vía del tren. Dejábamos el hermoso estanque a la izquierda y llegábamos a Rozaleme, cuya proximidad anticipábamos por el creciente ruido que hacía el agua en su nacimiento. Era un trayecto lleno de piedras y en el que el carro de mi abuelo, de aquellos de largas varas colgadas del mulo o caballería, rígidos varales en los laterales y ruedas de madera perfiladas de hierro, daba tantos tumbos que a los niños nos hacía botar como pelotas de goma, hasta el punto que, en ocasiones, preferíamos bajar e ir andando. Un largo rato después llegábamos a la viña.


El molino junto a la vía del tren
      La viña estaba constituida por varios pedazos de tierra de desigual extensión y desnivel y, posiblemente de desigual calidad porque una era intensamente roja y otra más blanquecina y con muchas piedras. Entonces podría haber unas diez mil cepas de aquellas bastante juntitas, tampoco lo puedo asegurar con certeza. En las hormas había almendros. En una de las lomas había oliveras, término que mis abuelos usaban con más frecuencia que el de olivos. Ahora bien a nosotros, los críos, lo que más nos gustaba era la “caseta”. Ubicada al final del camino de tierra que daba acceso al terreno, en medio de diversos bancales y bien orientada al sol y al abrigo del viento. Para el verano había plantados dos cercanos y grande almendros a ambos lados de la construcción que le daban un poco de sombra. A escasa distancia de los almendros había dos manzanos, no muy altos, de los que colgaban pequeñas manzanas de un precioso color rojo e inigualable sabor. En uno de las hormas se alzaba un higuera, tampoco muy grande, pero con unos higos tan dulces que recababan nuestra atención en cuanto llegábamos.
       En realidad, la caseta no era más que cuatro muros construidos con piedras y “tierra mojada”, con un gran vano a modo de puerta por el que podía entrar el carro. Ni siquiera estaban enlucidos. La cubierta era de teja a una sola agua y las vigas unos travesaños de madera. Un amplio banco de piedra servía tanto de mesa como de asiento. En una de las esquinas un pesebre para la caballería -que entonces yo no entendía que hacía allí- y en la otra un hogar para la lumbre que se prolongaba en una pequeña chimenea al exterior. Pues sí, realmente simple y rústico, para nosotros algo maravilloso. Podía ser un palacio, un fuerte, un rancho, un castillo... lo que quisiéramos. De momento, al llegar mi abuelo descargaba los bártulos y los enseres con comida y se daba una vuelta a inspeccionar la viña y dar el toque necesario en aquella cepa o en aquel árbol que lo necesitase, antes nos había dado instrucciones acerca de lo que podíamos hacer o no.
 
    
Rozaleme, un punto en el trayecto a la Cuesta Blanca
Mi abuelo no era de los de ahora en uso. Era como tirando a serio, no lo recuerdo haciéndonos arrumacos, pero nos llevaba con él al campo y, al igual que en el molino o en el corral, nos abría espacios para jugar. No recuerdo que nos riñera, bastaba que nos mirase para que supiéramos si nos ateníamos a las “reglas del juego” o no y cortábamos por la vía rápida como nos estuviésemos escantillando. El nos enseñaba a vivir en la naturaleza y a utilizarla pero también a respetarla y no ensuciarla. Una cosa era subir a los árboles y otra maltratarlos, una cosa era saber que la caballería era noble y pacífica y otra darle golpes, porque podría darnos una coz, una cosa era saber comer almendras verdes y otra coger un cólico. Ya de pequeños nos enseñó el valor de los cantos rodados que tan abundantes eran por allí, teniendo en cuenta que no existían las toallitas ni cosas de esas al uso de hoy en día. Cuando nuestras necesidades apremiaban la tierra podía absorberlo todo y los blancos cantos rodados podían ser más suaves y consistente que el papel de periódico o de estraza, si es que lo había. Podíamos corretear por toda la viña, pero no pisar la del vecino. Las tijeras de podar o cualquier otra herramienta no se tocaban para nada. Ni había necesidad de levantar piedras y buscar bichos, había espacio para todos. Cuando abandonábamos la viña no había más rastro que el del cultivo de mi abuelo en ella y en la caseta las cenizas en las que se había cocinado y bien apagadas.


       Cuando íbamos a pasar el día la comida la hacía mi abuelo. Traía el pan de casa, pero le gustaba hacer cachulí en la lumbre, en una sartén que solo utilizaba él, y asar careta o panceta, o longanizas, morcillas y güeña en las brasas de los sarmientos o de viejas cepas arrancadas. Lo que mas recuerdo son las garbas de sarmientos. No traía cubiertos, se comía con el pan, pero cogía sarmientos, los limpiaba y afilaba y servían para coger la carne. Jugábamos, explorábamos el terreno... ya casi ni recuerdo como pasábamos el tiempo, solo que maravillosamente. Sí recuerdo que observábamos mucho la naturaleza, sobre todo aquellos almendros cercanos a la caseta en los que unos pequeños muñones iban creciendo y, finalmente adquirían la forma de almendra, que aún verdes estaban ricas. O los minúsculos racimos de uva que comenzaban a colgar de las cepas y que a penas iniciado el verano se cogían verdes y mi abuela nos los ponía en sal y agua, en “agraz” me parece recordar que se decía, y estaban, también, muy buenos, al final del verano ya podíamos comerlos al natural como oscuros y dulces granos de uva. Como se dice en Requena “para la Virgen de Agosto pintan las uvas, para la de Septiembre ya están maduras”. Tampoco sé exactamente lo que hacía mi abuelo supongo que alguna poda, alguna revisión de las viñas, de los almendros o de los olivos porque siempre era verano cuando íbamos. En invierno y durante el curso escolar creo que nunca nos llevó.


Jose en la Cuesta Blanca
     En mis recuerdos la caseta quedó como un sitio de recreo estival y creo que crecí pensando que aquellas casetas, dispersas por los campos, estaban destinadas a lo que hoy denominamos ocio, entonces no sé como se denominaba porque creo que no había mucho tiempo para el ocio. Cual no sería mi sorpresa cuando no ha mucho, hablando con mi madre de aquellos tiempos, lugares y cosas me dice que la finalidad concreta de aquellas casetas no era para “ir de merienda al campo”, sino para proteger a la caballería cuando llovía, pero sobre todo cuando estallaban esas tormentas, tan frecuentes en aquella zona, con rayos y truenos, porque no se podía llegar rápidamente al pueblo, y para protegerla del sol en el verano. También en época de recolección y si hacía frío, para que los trabajadores pudiesen estar protegidos y con algo de calor durante la comida. Desde que se introdujo el tractor ya no había peligro que los animales se mojasen y enfermasen, con la llegada del automóvil uno se puede desplazar a las fincas y venir a comer a casa. La finalidad originaria de las casetas había desaparecido.


     Me quedé un tiempo perpleja. Pese a su tosquedad y escasas dimensiones nunca se me ocurrió pensar que aquella insignificante construcción tuviese otro fin que el que nosotros, los críos de la familia, le dimos como fue el de divertirnos. 


     Aquella caseta desapareció, deteriorada por la intemperie, ausencia de finalidad...derribo defiitivo, ignoro su fecha. No hay ninguna fotografía de entonces y no sé dibujar. Tal vez por eso me paro a contemplar la que hay en el camino de los Pinos de Florillo a San Blas, tal vez una de las ruinas -no históricas- más fotografiadas de Requena. Desde fuera o desde dentro siempre salen fotografía bellas. La fotografía que encabeza el artículo la hice en el verano de 2016. Indudablemente las hay más bonitas, pero ésta la hice yo en recuerdo de aquella otra caseta en la que tan felices ratos veraniegos pasé.