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viernes, 10 de febrero de 2017

LA CALLE "OLIVAS" (II)

La calle Olivas en 1965


    La calle Olivas, oficialmente denominada Poeta Herrero, creo que es una de las más fotogénicas de Requena, pues tomada desde su embocadura, en la calle de El Peso, la vista se prolonga hasta lo alto de las Peñas. Así queda testimoniada en fotografías antiguas, una realizada antes de 1919, por la casa Industrial Fotográfica de A. Fabert y otra unos años después, en torno a los veinte o treinta, realizada por la casa Hernández y Sánchez, y en fotografías posteriores, tal como aparece en 1965, en una instantánea tomada por don Antonio Andújar Martínez, y cedida por mi amiga Mª Luisa García.
       En la fotografía realizada antes de 1919, podemos ver el algo de la bulliciosa vida comercial de la calle Olivas, todavía con suelo de tierra. Es la época de cuando nuestras abuelas eran jóvenes, vistiendo al estilo de la “Belle epoque”. A la izquierda un trío de chicas con falda corta, posiblemente jovencitas que todavía no se habían puesto de largo, ante un establecimiento que en mi infancia, años cincuenta, era la zuclería de Royo.

     Y un poco más arriba, donde décadas después estaría la tienda de tejidos de Arturo Soriano, mujeres mayores con la indumentaria más tradicional de los pueblos, falda, delantal y pañuelo, posiblemente negros o grises. Por la derecha se ve un grupo en el que las señoras llevan los mantones doblados sobre el brazo, vestidas con falda larga, blusa y delantal, y los varones -niños y mayores- con gorra, sobretodos claros y algún blusón, y también algunos hombres con traje. Están situados delante de un edificio en el cual se instalaría, según cuenta la publicidad, el Banco de Vizcaya, que yo nunca llegué a ver en ese sitio, y más adelante la droguería de Isidro Gómez, y “Establecimientos del Hogar”.
       Algunos años después, entre los veinte y los treinta, en una calle Olivas que ya contaba con acerado, vemos a los hombres y jóvenes, que seguían tocados con gorras, y las faldas algo más cortas en las mujeres. Esta fotografía nos sitúa un poco más arrriba que la anterior, en la mismísima puerta de lo que sería la alpargatería de Marcelino Roda, que si se fundo en 1903, bien podría tratarse de la misma. Por la derecha en la misma esquina con la calle Marquillo, una joven está en la puerta de lo que conocí, algunas décadas después como la tocinería de Ballesteros. Algo más arriba se perfila el modernista mirador del edificio en cuya planta baja se alojaría la mercería de Alfredo García, y enfrente, el mirador sobre la tienda de los Masiá.
        La fotografía de los años sesenta, con la calle ya adoquinada, sí es de mi época. Todavía se mantenían la mayoría de los comercios por los que yo pululé yendo y viniendo haciendo recados a mi madre y mi abuela. Viendo a los tenderos, propietarios o dependientes que fueron configurando mi universo de personas conocidas, mis referentes que, tanto echo de menos, cuando ahora paseo por una calle Olivas menos bulliciosa y con comercios que ya no reconozco.
       En otro momento había comenzado mi remembranza de la calle Olivas en las mismísimas “cuatro esquinas”, y había llegado hasta el Río Grande -la calle que va de Poeta Herrero a Norberto Piñago, oficialmente denominada del Poeta Serrano Clavero-. Pues bien, una vez rebasada esa deliciosa calle donde tanto jugábamos, siguiendo por la acera derecha, haciendo esquina, había un local, en el que, parece ser que allí llegó a estar instalado un banco, si bien yo siempre lo conocí como algo de don José María Viana, veterinario. A continuación, en el número 14 según reza la publicidad, había una de las tiendas más fascinante del mundo, y si no era así, era una de las que más me fascinaron en el proceso de crecimiento e ir asomándome al mundo más allá del ámbito familiar. Todas las tiendas de ultramarinos de Requena eran sugestivas por su contenido, seductoras por sus aromas, agradables por sus tenderos, pero la que estaba más cerca de casa era la de los Masiá. Una amplia entrada, que se cerraba con una puerta de madera de dos hojas, te introducía en un amplio espacio en el que no importaba esperar a que te tocase el turno, o yo era muy pequeña y no tenía prisa, lo cierto es que había tantas cosas que “mirar”, que contemplar, que admirar, que saborear aquellos olores, aquellos colores de alimentos...En la tienda se veía que al fondo y a la derecha había otras entradas que daban a almacenes en los que debía de haber de todo, pues también vendían pienso para los animales, lo cierto es que los dependiente llevaban un buen trajín. A la derecha y de frente un mostrador de madera. A la izquierda, dando ya a la salida, estaba la caja, un pequeño mostrador en el que Faustino hacía de cobrador. Federico Masiá era ya un hombre maduro, luego había dependientes de varias edades, recuerdo a Miguel y a Luis. Todavía sigue maravillándome rememorar el arte que tenían para envolver los productos, dado que entonces todo se vendía a granel, azúcar, arroz, café, lentejas, garbanzaos... Los productos estaban en grandes sacos y ellos tenían cortadas unas resmas de papel de estraza, según tamaño, y con un increible estilo, que tenían todos los dependientes de entonces, te hacían un cucurucho en el que vertían el producto que pedías, lo pesaban en unas básculas pequeñas, blancas y lo cerraban con verdadero arte, no se salía nada, nada de lo que hubieses comprado. También nos surtíamos allí de aceite, que se expendía en un extraño artilugio -en realidad un émbolo- en el que había una manivela que le daba el tendedero y subía el aceite hasta la cantidad señalada, creo que un litro, luego le daba a la inversa y se vaciaba en la bortella o garrafa que le habías llevado. Destacaban aquellas grandes latas con el atún en aceite o en escabeche, los botes con aceitunas y otros encurtidos, y aquellas barricas de madera con las sardinas saladas, y el inolvidable bacalao...

      La cordelería y alpargatería de Marcelino Roda, era el lugar donde nos surtíamos de zapatos y, sobre todo, de las maravillosas zapatillas de pascua. Marcelino etaba siempre tras la caja, entrando a la derecha. Acontinuación tres largos mostradores haciendo un recuadro, y tras ellos las altas etanterías, totalmente llenas de cajas de zapatos, cubrían las paredes. Delante de los mostradores había bancos en los que los clientes se sentaban para probarse las zapatillas y zapatos. En el escaparate de la derecha estaban los zapatos y botas, aquellas de Segarra que no se rompían nunca. De dependientes estaban Rafael, su hijo, y un chico y una chica, cuyos nombres no recuerdo.

      No andan muy clara por mi memoria la tienda de ropa de confección, de Los Alejandros Martinez, que estaba en el número 10. Tampco la ferreteria de Marcial López Garrido, que vendía también armería y explosivos, tal como consta en el anuncio publicitario. Allí encontrabas desde clavos hasta pozales, cadenas, etc. 


      Grato recuerdo me trae el número 4, pues allí tenía su comercio Arturo Soriano, hombre austero y educado donde los hubiera, lo recuerdo como un señor correctísimo, en la publicidad, en el que aparecía un glamuroso diseño de los cincuenta, anunciaba tejidos, novedades y confecciones. Allí estaba la sede para el intercambio del “Cupón Regalo Comercial”, un sistema de cupones que te daban en las mayoría de las tiendas, según el importe de la compra, y unas cartillas en blanco para pegarlos. Cuando las cartillas estaban llenas podían cambiarse por regalos que hoy podríamos clasificar de cachivaches, pero que en la Requena previa al consumismo, resultaban útiles y atractivos.
    Lugar especial por sus atrayentes escaparetes y el inconfundible aroma que salía por la puerta resultaba la pastelería de Elvira, la viudad de José Royo, también fábrica de chocolate muy especialmente cuidaban los bombones, las yemas, los coquitos, la repostería en general. Exquisitas tortadas y “sultanas” de nata, y unos deliciosso caramelos de malvavisco de color meloso y rebozados con azucar glasé, también había frutas escarchadas.

     
       En la calle Olivas, bjando a la derecha, había un pequeño comercio, tan pequeño que tal vez no se registrase en el registro mercantil, no aparece en la publicidad, pero permanece en la memoria de todos los niños de mi generación. El habitáculo que Carmen, conocida como “La Basa”, tenía en el edificio de los Verdú. Siempre lo recuerdo abierto, me parece recordar que tenía algo de verdulería, pero sobre todo era lo que hoy denominamos tienda de “chuches”, pipas, cacao, cacahuete, torrates, tramusos y, sobre todo, unos riquísimos “pirulís”, caramelos pequeños en forma de conos, hechos de azúcar, envueltos en un papelillo de seda de colores, sujetos con un palillo.  Era uno de los chuches más apetecibles de mi infancia, en la que, además no existían los chupachups. Aquel era el sitio al que íbamos a parar en cuanto disponíamos de algún céntimo de peseta, porque entonces con eso se podía comprar algo. Carmen vestía como una mujer del pueblo, su falda, delantal, toca, pañuelo en la cabeza, y todo en los tradicionales tonos grises, casi como las mujeres de las fotogradías principios del siglo XX.

       A mitad de la calle Olivas sigue habiendo un edificio, nítidamente modernista, por el que yo siento algo especial. Allí vivía una familia de maestros, a los que recuerdo con un afecto especial. Los padres eran don Sebastián Reverter, maestro en las escuela de la calle Colegio y doña Emilia Pastor, maestra en el grupo escolar Alfonso X. A ambos los conocía como maestros, a don Sebastián como maestro de repaso, famosos por sus “chavos”, operaciones largas de cálculo, y las simpáticas historias que nos contaba de sus abuelos cuando las guerras carlistas. Doña Emilia fue una de mis maestras de primaria. Sus hijas Mª Carmen, Emilia y Elena también eran encantadoras, aunque con la que más tuve la suerte de tratar fue con Emi, la tuve de maestra de repaso un tiempo. El hijo se llamba Sebastián. La familia tenía un lindo perro negro de pelo rizado, al que llamaban  “Morito”.¡Cuanto, y qué a gusto, entré y salí de aquella casa!. Y en la planta baja de aquel edificio modernista, en el local comercial, que se abría tras aquel medio arco de herradura, estaba la mercería de Alfredo García y Eliseo Viana. Éste, entonces un chavalín, tan sonriente y agradable como ha sido toda su vida. Alfredo era otra de esas personas afables, siempre preguntaba sonriente que era lo que quería, pues mi madre me enviaba a por hilos, agujas, botones, corchetes, clecs, lencería...
      Pasado este entrañable edificio venía el estanco, sitio obligado de comprar los sellos y las cerillas. Luego, haciendo esquina con la calle Marco, la gorrería de Nati, tenía un atractivo escaparate o, al menos, yo me paraba mucho en él, posiblemente porque siempre me gustaron los sombreros. 

       En la otra esquina de la calle Marco, estaba la tocinería de Emilio Ballesteros, pero no recuedo frecuentarla. En cambio si entré muchas veces en los edificios que venían a continuación. Rememoro como un gran edificio en cuyos bajos había sendos comercios, dispares, pero bastante frecuentados. En primer lugar venía el denominado "Establecimientos del Hogar”, no se si entonces era algo así como un bazar, lo cierto es que allí se exhibían vajillas, cristalería, cuberterías, lámparas maravillosas, las máquinas de coser, los electrodomésticos que comenzaban a ir apareciendo, todo lo necesario para la casa, y el sitio adecuado para regalos, especialmente los de boda. Era un local muy luminoso, daba gusto entrar en él, aunque yo andaba siempre con mucho cuidado por temor a rozar siquiera uno de quellos frágiles y hermosos objetos. El propietario se llamaba Luis Pérez, y la simpática dependienta, Amelia.
       La droguería de Isidro “El Gallo”, casi diría que mantenía rasgos decimonónicos. El mostrador a la derecha, detrás de él y por todo el resto de paredes hasta el altísimo techo, estaba lleno de estanterías, algunas con puertas de cristales. ¡Ah, aquel simpático drogero, que fue Isidro, y su mujer Elvira! Daba gusto verlos, podías pedirles cualquier cosa, si no la tenían te la buscaban. Allí estaban los estropajos de esparto, el jabón de piedra, los pinceles para pintar la casa, todo tipo de pinturas, y también algunos perfume que por aquel entonces resultaban casi exóticos.
    Poco más abajo, estaba la glamurosa tienda de “Naranjas y limones”, no, no era un frutería, sino el comercio de tejidos y novedades, pañería y sedería, según la publicidad, de Nicolás Navarro. A este señor nunca lo conocí, pero en su tienda entré infinidad de veces. La decoración era más moderna que la del resto, el diseño era más de los años cincuenta. Dos amplios y luminosos escaparates custodiaban una puerta de entrada que daba paso a un amplio espacio cubierto de etantes con piezas de telas, forros, etc. que sobresalían de ellas y mostraban todo un abanico de ordenados colores. Al fondo, de frente, estaba la caja, tras la cual solía estar Pilar, la propietaria, ya viuda, y su yerno Luis Climent. Debió tener mucha venta a juzgar por el número de dependientes que había: Antonio Benlloch, Almerich, Brizuela, Leandro Ochando, Vicente, Emilio y el mas joven Luis López Gorbe. Yo era un pizco cuando iba a por forro o entretelas, pero todavía me encanta encontrarme con alguno de ellos y saludarlo.
     
       En la actualidad el área comercial se va desplazando en Requena, aquella calle ya no tiene el bullicio que otrora tuvo, algo se mantiene en su comienzo, en los límites con la calle de El Peso, pero otro aire corre por nuestra calle Olivas, otros aromas, otros productos. Bueno lo de aromas es un decir porque ahora todo viene envasado. Por cierto, como no sé si escribiré algo sobre la calle del Peso, quiero poner un broche de oro al universo que configuró mi infancia y primera juventud en la calle Olivas. Y voy a hacerlo extendiendo ficticiamente la calle hasta la acera de la calle de enfrente, la del Peso que ponía limite a las casa al pie de la muralla del castillo. Y es que allí en el verano había un puestecillo de helados, un pequeño gran carrito que, de mano de Pilar, -no recuerdo su apellido, sólo que vivía en la cuesta del Cristo- nos surtía de los helados mas suculentos que haya podido comer en mi vida. ¿Exagero? No. En muchos y famosos lugares he tomado helados, pero ninguno tan natural, tan sabroso, tan sencillo, tan artesano, tan amorosamente hecho como los que aquella sencilla mujer de la Villa nos servía en unos cucuruchitos de galleta. Era un carrito con dos heladeras de corcho en cuyo interior había un recipiente cilíndrico metálico, entre ambos estaba el hielo. Tal vez no había nada más que unas pocas variedadades, mantecado, vainilla, chocolate... además de los polos, hechos con agua y algo de fresa. El carrito estaba rematado con una lona a doble agua, montado sobre ruedas, que Pilar subía y bajaba cada día por aquella empinada cuesta del Cristo. Muchas, y fantasiosamente adornados, helados he pedido en mi vida, pero ninguno con el entusiasmo, la ilusión con la que iba al carrito de Pilar, con los escasos céntinos que podíamos reunir entonces, y le pedía un helado, ninguno me ha sabido tan sabroso.

viernes, 2 de diciembre de 2016

LA CALLE "OLIVAS" (1)


Mis papis, Gregorio y Carmen
 en la puerta del Bar de Martínez
Mis primeros cinco años pasaron entre la casa familiar, en la calle Generalísimo, y el Café-Bar Martínez en el que trabajaban mis padres, situado al comienzo de la calle Olivas, oficialmente Poeta Herrero, es decir a escasos metros de casa. Podría decir que el primer tramo de la calle Olivas, el que va desde las “Cuatro Esquinas” hasta el “Río Grande”, formó parte de mi primer universo, aquel en el cual comenzó a configurarse el mundo más allá del ámbito familiar. En consecuencia, lo que allí encontré, las tiendas, casas y personas que entraban en aquel espacio vital, de algún modo era como si existiesen desde siempre. 

   
  

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 de Papelería Molina
Saliendo del Bar, a la derecha estaba la puerta de una vivienda familiar que, a decir verdad, ignoro quien vivía. A continuación la “Imprenta Molina”. Yo siempre la he visto allí, aunque los anuncios de los primeros años cincuenta la sitúan en la calle Calvo Sotelo. Primero te encontrabas con el taller, donde estaba la maquinaria impresora, y luego la tienda. Aquella tienda donde toda mi vida de estudiante me abastecí de cuadernos para escribir y para dibujar, lápices, borradores, tinta, sacapuntas, estuches de compases y tiralíneas, plumieres, plumillas, cajas de lápices de colores Alpino...Entrar allí siempre me resultaba fascinante, todo aquel material tan ordenado, tan sugerente, tan seductor, tan bonito. Hasta me paraba en el escaparate y contemplaba uno a uno los productos allí expuestos. La música de fondo era siempre como un plas-plas, plas- plas, el ritmo que llevaban las máquinas impresoras. Y el olor de papel y tinta quedaría impregnando mi memoria de modo que, cuando décadas después, ya en mi vida profesional, tuve que andar con publicaciones y pisar muchas imprentas, me sentía como en casa. Antonio Molina y su hija Elena estaban siempre allí, tras el mostrador, dispuestos a acercarme cualquiera de aquellos objetos que me resultaban tan preciosos. En ocasiones estaba otro de los hijos, Toni. Todavía me gusta entrar allí, aunque la decoración ha cambiado, y recrear mi mirada por objetos tan bonitos y estimados. Es como si rebobinase el tiempo y me situase de nuevo a comienzos de curso en el Bachiller, cuando había que comprar cuadernos, uno para cada asignatura y poner en la primera hoja nuestro nombre y apellidos, número de matrícula y el título de la asignatura correspondiente, en el que podíamos poner toda clase de florituras. Y aquel papel azul, medio satinado, para forrar los libros.

      
En el margen izquierdo de la calle Olivas, frente al Café, había dos talleres de arreglar zapatos. Él de Rafael “Tiriri”, y el de Luis Gómez “Farnesio”. El primero era a donde llevábamos nuestros zapatos a poner medias suelas y tapas de tacones, aunque nadie joven se lo quiera creer las suelas de los zapatos eran de cuero de verdad, pero se desgastaban fácilmente y se les hacía un agujero enorme en mitad de la suela. Su tarea resultaba totalmente artesanal. Recuerdo ver tomar un trozo de goma negra dibujar en ella el tamaño de la suela, recortarla y comenzar el proceso de renovación. Mucho me admiraba la habilidad y rapidez con el que les sacaba brillo, o como cosían los desgarrones de los difíciles pespuntes de un zapato con una curiosa máquina de coser. Y siempre había decenas de zapatos para arreglar, en aquellos tiempos no se disponía de muchos pares de zapatos y se usaban hasta casi su extinción total, o en el caso de los niños hasta que ya no había forma de meterlos en los pies, siempre crecientes. Había una gran demanda de arreglar zapatos y muchas de las veces que los llevábamos a reparar no lo hacían de forma inmediata. De ahí que cuando hacían falta nos mandaban a los niños a por ellos y nos sentábamos delante del zapatero hasta que nos los entregaban ¡podían pasar horas y horas! El taller de Luis Gómez me resultaba peculiar porque aprovechaba el desnivel del terreno y había que descender primero unos escalones. El local era amplio y durante el día hacían vida familiar, estaba su mujer Florentina, que era modista, y Pili, su hija y una de mis amigas de la infancia. El hijo, mayor que nosotras, se llamaba Luis ¡Cuanto jugaríamos en aquella calle, en el bar, en el taller!

      
    A continuación venía la barbería de Eusebio Fons, el propietario, y Nicolás Sánchez, el ayudante, dos personajes que a mí me parecían muy amables y simpáticos, tenían todo un estilazo a la hora de poner y, sobre todo, retirar del cliente aquel gran peinador blanco con el cual los cubrían para no mancharle. El local tenía una gran cristalera que permitía ver la tarea que hacían desde fuera. A la izquierda, pegado en la pared habían colocado un gran espejo, bajo el cual se ubicada una amplia repisa llena de afeites e instrumentos propios de peluquero y barbero. Me impresionaban aquellas navajas de barbero, de esas que en las películas daban miedo, y las frotaban en unos artilugios llamados afiladores, compuestos por una tira de cuero sujeta a un mango. Eran curiosos los cilíndricos botes metálicos donde tenían barras de jabón y brochas, había que ver la rapidez con la que hacían, en una escudilla, una abundante espuma que aplicaban por toda la cara del cliente. Varias clases de tijeras y maquinillas de cortar el pelo, y una suaves brochas con las que remataban la faena del corte pasándolas por el cuello. No podría distinguir las botellas con colonia de las del linimento o potingue que se les ponía a los caballeros tras el afeitado, pero olía bien, como todo aquel establecimiento. Frente al espejo, dos grandes y aparatosos sillones de hierro cuyo respaldo podía abatirse. Pegadas a la pared de la derecha, varias sillas donde se sentaban los hombres a esperar que les tocase el turno. Por las mañanas, habitualmente, no acudían muchos clientes, pero por la tarde y los sábados si estaba llena. Parece ser que aquella barbería, como posiblemente otras, era una fuente de noticias clave en el pueblo, nada se escapaba de su conocimiento.

        La casa siguiente pertenecía a Isidora, una señora viuda, que vivía algo más arriba, en la calle San Luis. Ese edificio tenía una puerta bastante nueva que daba paso a una vivienda de gran profundidad, pues llegaba por debajo hasta casi el hotel Agulló.

      
Onofre Monzó fabricaba baldosas, pero allí también se podían comprar pilas, zafareches y lápidas mortuorias. Era uno de esos sitios en lo que lo artesanal se articulaba con piezas industriales elementales. Claro que en mi infancia yo no tenía ni idea de lo que era la cultura agraria y la cultura subsiguiente a la revolución industrial, pero creo que todo eso lo iría aprendiendo teniendo como punto de referencia lo aprendido, por ósmosis, en el hábitat cotidiano. La entrada era amplia, por allí podía pasar tranquilamente un carro, estaba cubierta, a la derecha había una minúscula vivienda donde pasaban el día la familia, y el taller de baldosas, al final desembocaba en un amplísimo patio de terrizo. Todavía recuerdo la familia al completo. El padre Onofre Monzó y su mujer Pilar, padres de Pili y Onofre. Pili iba al taller de mi madre a aprender a coser y Onofre, el joven, al que todavía saludo por la Avenida, hacía baldosas. Todavía me parece verlo subido sobre una tarima y echar en un molde de hierro cuadrado pasta de diversos colores que distribuía al azar, luego echaba arena o cemento y aplicaba la prensa, de allí salía una baldosa con las que se asolaban tantas casas.

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 de la tienda de Maximino Pérez
      La tienda “Philips” de Requena era de Remigio Pérez, allí vendía aparatos de radio, los primeros electrodomésticos que iban apareciendo y material para la electricidad. Su familia vivía al lado de casa de mis padres. Llegué a conocer al abuelo, Maximino, el fundador de la tienda,  pero sobre todo a Aurora, su mujer, y a su hija Mª Asunción, con la que también jugué mucho. De aquella tienda, que recuerdo su mostrador y su habitación de estar al fondo, lo que más me llamó la atención era su anuncio de “Mejores no hay”, porque fue una de esas frases publicitarias que tardaron mucho en entrar en mi cabeza. En mi tierna infancia yo solo entendía que allí no tenían buenas bombillas para la luz, que mejores no había, como si dijesen que se fuesen a comprar las buenas a otro sitio.

       Las casa de “Fogueles” era un pequeño edificio en cuya planta baja estaba instalada una tienda que era cerrajería y herrería. Fogueles, en realidad se llamaba Fructuoso, pero no recuerdo el apellido. Debía ser un hombre realmente habilidoso y con muchos recursos prácticos porque lo llamaban cada dos por tres, o a los críos nos mandaban a su taller, con la misma frecuencia, a que arreglase algo necesario en la casa.

Puerta de la carnicería. 
De izquierda a derecha, Mª Luisa Pérez, 
María y Ángela Sánchez Roda, 
Lolín Herrero y la niña Matilde Navarro
(Foto cedida por Ángela Sánchez Roda)

A continuación venía la tienda de Miguel Sánchez y Patrocinio Roda, padres de Miguel, María y Ángela. Una blanquísima e impoluta carnicería a la que solía ir con mi abuela Emilia desde bien pequeña, tanto que no alcanzaba a ver la carne que había sobre el mostrador y me dedicaba a contemplar los bonitos dibujos que había esculpidos en el frontal de mármol, tenían el mismo estilo que la decoración de las casas de algunas amigas de mi abuela. Obviamente entonces no sabía como se llamaba, muchos años después supe que se trataba del estilo “modernista”, que incidió mucho en la decoración y fue mi plataforma para saber fechar cosas relacionadas con él.

       La calle Olivas, la segunda en importancia, tras la calle en la que vivía, en mi vida vino a ser como el universo particular en el que yo fui abriéndome paso al conocimiento del mundo cotidiano, de las personas, de las cosas, de los establecimientos, de los anuncios. Todo un mundo que no venía en los libros de texto de la escuela, pero que fue tan vital como el otro.

       La calle Olivas tiene mucho que contar todavía. He descrito el primer tramo el más vinculado a mis primeros años. Mucho queda todavía que contar, muchas tiendas, muchos personajes que al describirlos en el papel parecen recobrar vida. De hecho siguen vivos en mi corazón porque cuando mi memoria rebobina la película de entonces los echo de menos.