sábado, 19 de marzo de 2016

CUARESMA Y SEMANA SANTAhttp://minfanciasonrecuerdosderequena.blogspot.com/



Uno de los recuerdos inolvidables de la Cuaresma, durante los años de la escuela primaria, es el del día que nos llevaban al templo del Carmen. Salíamos de nuestro centro, las llamadas "escuelas nuevas" aunque su nombre oficial era Grupo Escolar  "Alfonso X el Sabio", en fila de a dos y las niñas, con nuestros uniformes escolares blancos, atravesábamos la plaza del Portal, dejando a nuestra derecha la fuente de los Patos, y por la calle del Peso, la plaza de España y la calle del Carmen llegábamos a la iglesia. Supongo que detrás venían los niños pero sólo recuerdo el follón que montaban. Nos arrodillábamos ante el Cristo de la Vera Cruz y cantábamos “Perdona a tu pueblo, Señor”, una canción que nunca olvidé, pese a mis muchos años posteriores de ausencia de práctica religiosa, posiblemente porque iba vinculada a aquellos recuerdos de la escuela. Allí arrodillados, niños y niñas, pronto comenzaban los empujones, las caídas y las risas.

Los años del Instituto nos daban ejercicios espirituales, al menos durante los cuatro cursos del Bachiller Elemental. Eran dos o tres días previos a las vacaciones de Semana Santa, no recuerdo ni quien nos lo daba, ni de qué trataban, pero sí el lugar: la capilla del Colegio de la Consolación, porque era muy linda y la imagen de la Virgen María muy bonita, además los recreos eran en la querida Glorieta. Durante el Bachiller Superior no recuerdo si los hubo o no.

En la iglesias las imágenes se recubrían con lienzos morados durante toda la Cuaresma, en la Semana Santa no había cine -que era lo que más nos dolía- y en la radio sólo se oía música clásica. Nuestra fe era muy rudimentaria, de primera comunión, con lo cual no puedo decir que viviésemos aquellos días con hondura espiritual, simplemente era un tiempo especial del que disfrutamos a nuestra manera.

El viernes de la semana de pasión, “Viernes de Dolores”, era el día de la patrona de Requena, Nª Señora de los Dolores, marcaba el inicio de la Semana Santa, al menos para nosotros dado que con él comenzaban las vacaciones escolares hasta después de Pascua. El Domingo de Ramos era costumbre estrenar algo, aunque fuese una nimiedad, lo cierto es que nos endomingábamos para ir a misa y asistir, o ver pasar, la procesión de los Ramos. No recuerdo mucho de ella salvo la belleza de las doradas palmas cimbreándose al ritmo de la procesión. Las hojas de palmera quedaban, posteriormente, colgadas en algunos balcones, en mi casa lo más que entraba eran las ramas de olivo que nos daban en misa.

De la Semana Santa, lo que en mi infancia me generaba más expectación eran las procesiones. Y por los comentarios de mis compañeros de Bachiller, creo que era, más o menos, igual para todos los niños y jóvenes. No sé como funcionaban las cofradías en Requena, solo sé que eran algo que organizaban las procesiones, que tenían “pasos” que se guardaban en las iglesias, que se afiliaban los chicos, pagaban un recibo, vendían lotería en Navidad... Creo que había cierta rivalidad entre ellas, según me comentan, pero no era un mundo en el que entrásemos las niñas. Ni sé como se llamaban los señores que andaban por medio de la procesión con algo parecido a una vara de mando y dando órdenes. Pero sí, y muy especialmente, recuerdo como me fascinaban los trajes de los capuchinos, que es como llamábamos a los cofrades. Aquellas glamurosas capas de raso me encantaban y eran objeto de deseo, máxime en aquellos tiempo de “cine de romanos”. No obstante, me tuve que conformar con ponerme en casa la capa de mi hermano y pasearme con ella por el pasillo. En aquellos tiempo las mujeres no podían salir de capuchinas. Lo más que podían salir eran con un traje negro, tocadas de teja y mantilla, acompañando a la Virgen. Pero esto, a mi, pese a la elegancia de la indumentaria, la extrínseca belleza de la filigrana del carey y la exquisitez de la blonda negra, no me gustaba. Me gustaba lo que vestían los chicos.

Había diversas cofradías. Que recuerde la primera que salía era la de La Oración del Huerto, lo hacía el Martes Santo, tenía un paso grande y hermoso, posteriormente adquirió el paso de La Virgen de las Angustias. Su indumentaria constaba de hábito morado y capa blanca, como el fajín y el capirote. A ella pertenecían, además de mi hermano Luis, Bernardo Gavilá y Toni Gresa, que lo recuerdan gratamente. Tenía su sede en el convento del Corazón de María, de los PP Claretianos y salía de allí, detrás de mi casa. Me parece que era una de las más numerosas. El Miércoles Santo, a las 11 de la noche, salía la Procesión del Silencio, con el Nazareno del Arrabal, solía hacer frío, pero íbamos a verla. En ocasiones la veía desde el balcón de casa, pues pasaba por delante, y realmente me impresionaba la expresión de aquel Nazareno mirando al cielo. Los cofrades vestían túnica y capa de color morado. A esta cofradía pertenecía Julián López Gorbe, que fue costalero por muchos años. En una de las cofradía, me parece recordar que era la que llevaba los pasos de la Flagelación y el Santo Entierro, vestían túnica y capa de color naranja, algo descoloridas algunas, bastantes años después los vi con túnica, capa y capirote de un hermoso y brillante color rojo, todos nuevecitos. Entonces no eran muchos. En la cofradía de la Vera Cruz, me parece recordar, había dos indumentarias diferentes, ambas en blanco y negro. Una llevaba túnica y capirote blancos y capa  negra, otra era un hábito de terciopelo negro y cuello de encaje blanco y lo vestían, al menos en mi infancia, señores mayores y niños, tenía capirote blanco, pero no solían usarlo, algo que no le gustaba a los jóvenes. No obstante hay algunas fotografías en las que si aparcen los cofrades con él.

El Jueves Santo salían unos cuantos pasos. No recuerdo el orden, pero iban las imágenes de La Oración del Huerto, el Nazareno de Arrabal, la Flagelación, el Cristo de la Vera Cruz, y la Virgen de los Dolores, cerrando la procesión, a la que acompañaba mucha gente del pueblo. El Viernes Santo salía también un Ecce Homo, el Descendimiento, que era un enorme paso, tal como me parecía entonces, el único que procesionaba sobre ruedas, y que había que ver la que montaban para bajarlo por la cuesta del Castillo. Finalizaba la procesión el Santo Entierro, flanqueado por unos impecables guardias civiles. Era un procesión, para entonces de una extensión considerble, y aún así me apenaba que se acabase. Todos los pasos me parecían hermosos, me gustaba verlos una y otra vez. Realmente ver pasar la procesión era algo que me gustaba, que disfrutaba, que me hacía feliz.

Pero desde nuestra perspectiva de niños lo que nos entusiasmaba era el cachucheo de los caramelos. Los capuchinos llevaban los bolsillos llenos de caramelos que repartían según se iban encontrando en el camino con familiares, amigos, conocidos o a quien le apeteciese dárselos. Yo, que era algo tímida, nunca se me ocurría pedir caramelos, pero me gustaba que me diesen y, ciertamente, como recuerda Bernardo, nos fijábamos en los zapatos para identificarlos por los pies y esperar a ver si nos daban algún caramelo, otros niños lo pedían sin mas. Entre los caramelos, Toni Gresa recuerda especialmente unos en forma de aceitunas y de color verde. Niños que luego ingresarían en las cofradías y se harían costaleros, palabra que yo nunca oí hasta venir a Andalucía. No sé como se les decía entonces, y eso que mi hermano Luis, que era un buen mozo alto y fuerte, durante muchos años salió llevando “en andas” el paso de la Oración del Huerto, que pesaba lo suyo pues lo portaban entre cuarenta y ocho varones, veinticuatro delante y otros tantos detrás. Mi hermano volvía con los hombros machacados y mi madre le daba un linimento o algo así. También nos gustaba mucho ver correr el Pendón de la Vera Cruz. Iba un señor mayor llevando el estandarte y unos niños pequeñitos llevando los extremos y me parce que unas borlas. En algún momento aquel señor echaba a correr y los niños también corrían, casi siempre dando traspiés. Hay una fotografía en Internet de don Rafael Bernabeú llevando ese pendón en 1953.

Las procesiones por excelencia, por el mayor número de pasos y por su duración, eran las del Jueves y Viernes Santo, duraban casi toda la tarde. Salían cuando terminaban los oficios religiosos, de los que recuerdo que no se tocaba la campanilla que guiaba a los fieles a lo largo de las celebraciones litúrgicas, sino una carraca. A lo largo de las calles la gente iba tomando posición para ver pasar la procesión, hasta se sacaban sillas de las casas para esperar, formando un entretenido ambiente. Pero los niños no podíamos parar en ningún sitio concreto. Al comienzo de la tarde ya salíamos a pasear por la Avenida y esperar la hora de salida de la procesión. Eran momentos en los que los chicos vestidos con sus trajes de capuchinos, pero a cara descubierta, con el capuchón en la mano, faroleaban un poco ante las chicas. En realidad teníamos que ver pasar la procesión en varios sitios. Nos ubicábamos en uno y todavía no había terminado de pasar copleta cuando ya estábamos corriendo para esperarla en otro. Recuerdo que me gustaba verlas salir del templo del Carmen, o al principio de la calle Verdú Diana, y salir corriendo para verla en la Glorieta, o en el Portalejo. Si subía hasta el Corazón de María por la calle la Plata, allí la esperaba y si giraba por mi calle, la Carretera, la esperaba en mi casa o en la Cuatro Esquinas, para salir corriendo al terminar y, por los callejones de Marco y Marquillo, salir a esperarla a la plaza.

El Viernes Santo era un día completito. Además de la procesión de la tarde, había dos procesiones especiales y la visita a los “monumentos”. En la madrugada tenía lugar la procesión de Los Pasos, a la que sólo asistí ya de jovencita, dado que salía muy temprano, a las 6 de la mañana, pero de niña recuerdo “oírla” y asomarme al balcón a verla pasar por las Cuatro Esquinas. Y digo “oirla” porque los cantos no solo, en el silencio de la madrugada, se oían desde lejos, sino que para mí eran “muy raros”. Mucho tiempo después aprendí que se trataba de motetes, interpretados por unos cantores que venían de Valencia todos los años. Era una procesión realmente singular, en realidad se trataba de un Vía Crucis, pero las imágenes de la Virgen y Jesús Nazareno, que se custodiaban en la ermita de San Sebastián, era de un sobriedad proverbial, además de despertar una gran devoción popular. Julián López Gorbe me recuerda que él y otros jóvenes se juntaban de madrugada en el Mesón del Vino para ensayar los cantos, luego iban hasta la iglesia del Salvador, de donde salía la procesión, para bajar, tal vez por la cuesta del Castillo, y subir por la calle Las Monjas hacia la Carretera, que era donde yo la oía. Desde allí iniciaba la subida a las Peñas por la calle San Luis, hasta terminar en la plaza, ante la ermita de San Sebastián. De esta singular procesión quedan interesantes muestras en unas fotografías que recientemente ha aportado Luis Ramos González. Para los buenos “peñeros” como Toni Gresa, ésta era la mejor procesión de toda la Semana Santa.

Lo que nunca entendí es la costumbre de ir después a "comer pasteles". Finalizada la procesión se enfilaba el camino de las pastelerías a comprar merengues o pasteles de crema y, a continuación, se marchaban a comerlos al campo, a parajes como el Estanque o en el Nacimiento. En ocasiones no llegaban los pasteles porque se comían por el camino, y al arribar al sitio elegido más bien había que lavarse, porque los chicos andaban llenos de merengue o crema. Pero los jóvenes lo pasaban muy bien, yo fui en alguna ocasión, de alguna manera preludiaba los deliciosos días de la Pascua.

La procesión de la Soledad, he de reconocer más de medio siglo después, fue la que a mí, más me impresionó o más huella me dejó. Desde bien pequeña salía en ella, acompañando a mi madre. Casi siempre nos incorporábamos a la procesión cuando pasaba por casa, porque el Viernes Santo se cenaba tarde, debido a la duración de la procesión de la tarde, y la de la Soledad salía a la 11. Aun así recorríamos todo el trayecto desde mi casa, por el resto del tramo de la calle Generalísimo, bajábamos por Norberto Piñango y subíamos hacia la Villa, atravesando Cantarranas, por la cuesta del Cristo y por la calle homónima salíamos a la plaza de la Villa en dirección a la calle de Santa María, para iniciar el descenso por la Cuesta de San Julián o de las Carnicería. El trayecto de la Villa resultaba impresionante porque en aquellas estrechas calles, escasamente iluminadas, destacaba la interminable guirnalda de luz que formaban las velas que  portaban las mujeres y el silencio sepulcral, que envolvía aquellas viejas casas, solo era interrumpido por el rezo del rosario. Iban casi todas las madres del pueblo con sus hijas. Al menos yo recuerdo una inmensa hilera de mujeres y niñas. Cada cierto tiempo había relevo de las mujeres que portaban a la Virgen, todas quería tener su momento de amor llevando sobre su hombros a la Madre Dolorosa, acompañándola en silencio en aquella noche que el Hijo ha muerto. La llegada al Carmen, a dejar a la Virgen en su casa, era apoteósico. Aquella Salve Regina en latín cantada por todas aquellas mujeres, con auténtica devoción, era tan intensamente vivo que pervive en mi memoria como uno de los más impactantes de mi vida. Es más, incluso cuando volvía en Semana Santa en los años que yo anduve apartada de toda práctica religiosa, no pude dejar de asistir a la procesión de la Soledad. La intensa vivencia infantil fue superior a mis trasnochados prejuicios  y a mi ignorancia en materia de espiritualidad cristiana.

El Viernes Santo también se iba a “recorrer los monumentos”. En cada iglesia se hacia una Exposición del Santísimo en medio de una, por lo general, exquisita decoración. Al menos a mi me gustaban mucho. No había convento con capilla ni iglesia que no tuviese su “monumento”. Desde el Carmen y el Salvador, a la capilla de San Francisco, en el hospital de la Loma, pasando por el colegio de la Consolación, los conventos de las Agustinas, de los Dominicos y el del Corazón de María, recorríamos el pueblo con nuestras mejores galas, era un día especial.

Tras la procesión de la Soledad se acaban las procesiones. Litúrgicamente ya no había más celebraciones hasta el Domingo de Resurrección. Supongo que habría alguna Vigilia Pascual, aunque no recuerdo ir a ninguna. Pero quedaban los tres días de pascua ¡Qué días!

A poco kilómetros de Requena, en Chiva, población a la que iba con frecuencia a casa de unos amigos de mis padres, se celebraba de otra manera. La noche del sábado al domingo, a las 12 en punto las campanas de la iglesia comenzaban a sonar y sonar, al día siguiente había una procesión llamada del “Encuentro” en la que la Virgen, que residía en el Castillo, era bajadas hasta el pueblo y allí se encontraba con Jesús resucitado. Había mucha fiesta. Y allí también se celebraban, como en toda la provincia de Valencia, los tres días de Pascua. Recalco esto porque es algo que me sorprendió al llegar a Andalucía. Aquí no se celebraba la Pascua como allí. Pero esto ya responde a mi vida adulta, no a los recuerdos de mi infancia.

sábado, 5 de marzo de 2016

7 de marzo: Santo Tomás de Aquino, Fiesta en el Instituto

En el Instituto viejo con don Cándido (1)
Durante los siete años que duraron mis estudios de Bachiller en el Instituto de Requena, del curso 1961-1962 al de 1967-1968, el 7 de marzo, festividad de Santo Tomás de Aquino patrón de los estudiantes, se convirtió en una de las fechas más importantes de mi vida, no solo del calendario escolar sino de todo el año. En aquellos años, el día que se celebraba la fiesta en honor del sabio y santo patrón de las universidades y centros de estudio católicos era el 7 de marzo, fecha del aniversario de la muerte del Aquinate, y no el 28 de enero, que fue el día que tras ser canonizado, se trasladaron sus restos mortales a Toulouse. Ese día era fiesta en cada instituto, no sé como lo celebrarían en otros centros de otras poblaciones, pero en Requena, pese a que apenas recuerdo los detalles, revestía tal carácter de algo tan especial que permanece en uno de los lugares de honor de mi memoria. Y yo, cada 7 de marzo, rememoro aquella entrañable fiesta que celebrábamos en el Instituto. Este año lo hago intentado plasmar por escrito algún retazo de tan feliz y maravilloso día.

El viejo Instituto, junto al Carmen
Me gustaría poder ir describiendo año a año cada uno de los días de aquella fiesta, pero mi memoria no recuerda tanto, tan solo fragmentos aislados, pequeñas teselas sueltas de aquel gran mosaico, escenas que se entrelazan a modo de un tráiler de película.

El día señalado, por la mañana, cuando llegábamos al Instituto encontrábamos el aula de estudio, en el viejo edificio de la calle del Carmen, o el vestíbulo del flamante edificio al final de la Avenida, plagado de dibujos y comentarios satíricos sobre el profesorado, aunque no sé quienes hacían estos dibujos. Posiblemente, antes de entrar ya se habían pertrechado los alumnos de los pertinentes cornetines, como recordaba Ricardo Hernández y que mareaban cantidad, como bien rememora Bernardo Gavilá. El uso de los cornetines, al menos en los primeros cursos, ha quedado inmortalizado en la foto que tenemos con el profesor don Cándido Pérez Gasión en el patio del viejo Instituto. Luego había algún acto especial, por ejemplo el grupo de chicas bailando la jota y otros bailes requenenses con los trajes típicos.
Encuentro de fútbol (2)
Para los chicos lo más importante, al menos es lo que mejor recuerda Julián López Gorbe, era el partido de fútbol que se celebraba en el Campo de Fútbol que entonces estaba junto a la Plaza de Toros, y allí estaban muchas de las compañeras animando a su equipo, encuentro del que también tenemos testimonios fotográficos.

7 de marzo de 1965 (3)
Por la tarde, algunos de los alumnos del curso solíamos juntarnos a merendar, años después nos juntaríamos para comer ese día tan señalado. En aquella Requena de comienzos de los sesenta ya no había hambre, pero se mantenía la austeridad en las de comidas, de ahí que merendar o comer en un restaurante fuese algo extraordinario. Creo recordar que en los primeros cursos sólo nos juntamos para merendar, que no era poco, en el restaurante del hotel La Favorita. Y tras una larga sobremesa y algún paseo por la Avenida nos disponíamos a ir al teatro principal a ver la función que habían preparado “los mayores”, los del último curso.

En la función del  7 de marzo de 1964
Asistir a la función de teatro que se representaba en el Teatro Principal constituyó uno de los rituales más importantes de aquel día. El núcleo central lo constituía la pieza teatral interpretada por los alumnos de sexto curso, aunque podía recurrirse a algún alumno de otro curso, como pasó en la nuestra. Antes de la obra había algún otro tipo de entretenimiento, algún espectáculo que, sinceramente, no recuerdo nada más que aquel en el que participamos las chicas cuando estábamos en tercer curso. Merche Fillol, que era la profesora de Educación Física, propuso escenificar una poesía Mi novia, del poeta requenense Venancio Serrano Clavero que describía trajes, y bailes y otros aspectos de las diversas regiones españolas. Se colocó un mapa gigante de España, me parece que se rellenó de papelitos de papel seda de colores, como los de las carrozas en la Fiesta de la Vendimia, cada región llevaba un color y una gran cinta colgaba de su capital. Conforme la profesora iba recitando la poesía y evocando cada región salían dos niñas, una por cada lado del escenario, se acercaban al centro y cada una de ellas cogía la cinta que le correspondía en el mapa. A mi me tocó la de Madrid e iba vestida de madrileña. Pasé un cierto sofocón, pero al fin y al cabo no tenía que hablar. Tres años después fue diferente, sí me toco hablar porque ya estábamos en sexto y, aunque mi papel en la función no fue muy largo, “me tocó hablar”. La verdad es que nos tocó a todas las chicas porque éramos muy pocas, es más como en la obra había cinco personajes femeninos tuvimos que echar mano de compañeras de otro curso.

Cartel de la obra del 7 de marzo de 1967
La obra de teatro que representamos fue Aprobado en inocencia, de Luis de Peñafiel y en ella Mª carmen Jarillo asumió el papel principal de Evelin Sheldon, Elvira Salinas el de Winkie Wollcott, yo el de Ada Wollcott, las otras dos fueron Angelita García en el papel de Dolly y Mª Dolores Erans en el de Mara, creo que estaban en 5º curso. En cuanto a los personajes masculinos fueron interpretados por Juan Antonio Pérez Salas y José Argiles como los hermanos Tom y Jack Sheldon. Recordaba Mª Carmen Jarillo que para el papel de padre ningún alumno le parecía el adecuado a don Cándido, nuestro profesor de Lengua y Literatura que había elegido la obra, y se recurrió a Felipe Gallego, que ya había terminado el Bachiller. El resto de compañeros hicieron de apuntadores, regidor de escena, etc. El director de la obra fue Ramón Llobregat, gran aficionado al teatro y que formaba parte de un grupo de requenenses que interpretaban obras de teatro.

Después de la función Aprobado en Inocencia (4)
La función de teatro servía para financiar el viaje fin de Bachiller. Con la venta de las entradas se pagaba el alquiler del teatro y los gastos derivados de la función. Cuenta mi hermano Luis que hacía falta un telón, tanto para la función de Requena como para la que hicimos posteriormente en Camporrobles, y hubo que ir a Valencia para alquilarlo. La recaudación en Requena, según recuerda mi hermano, había sido buena porque todos los alumnos estabamos comprometidos en vender el cupo de entradas que nos había sido asignado y conseguimos venderlas entre familiares y amigos, además en los entreactos se hicieron dos rifas, pero en Camporrobles no se había anunciado y no fue casi nadie, en consecuencia perdimos algunas pesetillas, pero eso sí, nos divertimos mucho. Me parece que antes de entrar en escena alguien nos daba algo de beber que, incuestionablemente, nos desinhibía. El problema luego, era contener la risa.

En el campo de fútbol, 1964 ó 1965 (5)
El día de Santo Tomás era un gran día, como comentaban Bernardo y Julián, no había clase, pero íbamos al Instituto. En realidad el Instituto era nuestra segunda casa, pasamos muchas horas de nuestra vida en él, posiblemente no todos disfrutaran en las clases, pero la mayoría íbamos avanzando paulatinamente por el camino del saber y del conocimiento, unos más lentos, otros más rápidos. También nuestras horas de juego, porque la hora del recreo era alegre y bulliciosa, los grupos de amigas y las confidencias, los bocadillos de entonces... en definitiva, el Instituto entra a formar parte de nuestra vida en “aquellos maravillosos años”.

(1) De izquierda a derecha y de abajo arriba: Joaquín Cebrián, José María Martínez, Antonio Yeves, Andrés Cuéllar, JuliánLópez Gorbe. Agustín Redondo, Luis Piqueras, Ricardo Hernández, Álvaro Atienza, José Gómez Martínez. Bernardo Gavilá, Antonio Gresa, Arturo Gómez, Antonio López, José Luis Ibáñez. Mario Laguna, Francisco Martínez, José Antonio Martínez Pérez, Mario Ortíz. Mª Pilar García Lorente, Dolores, Matilde Pérez Núevalos, Mª Carmen Jarillo, Elisa Agulló, Elvira Salinas, Teresa Roda, José Antonio Sánchez. Teresa Ramos García, César Roda, Juan Bautista Montagut, don Cándido Pérez Gasión, Mª Carmen Martínez.
(2) Encuentro de fútbol. De izquierda a derecha y de abajo arriba: 1ª fila Miguel Martínez, Arturo García, José María Martínez López, Rami, Pedro Gilabert Tamarit, Bernardo Gavilá. 2ª fila: Vicente Jauzarás, Julián López, Adolfo Barbero, José Luis Lahiguera, Jose Argilés y de portero Vicente López.
(3) De izquierda a derecha y de abajo arriba: ?, Matilde Pérez Nuévalos, ), Marijuli Haba, Teresa Ramos, Mª Lidón Brea Diago, Mª Carmen Martínez, Francisco Sánchez, Andrés Cuéllar, Dolores, Teresa Roda, marina Pérez, Elvira Salinas, José Argilés, Dulce Nombre Agraz, Rosario Serna, Antonio Lahiguera, César Roda.
(4) De izquierda a derecha y de abajo arriba: Luis Piqueras, José Gómez Martínez, Julián López, Antonio Yeves, Fernando Latorre, Francisco Sánchez, Carlos Vila, Mario Laguna, Emilio Ramos, José Antonio Pérez-Salas, Exuperio Diez. Adolfo Barbero. Mario Ortíz, José Argilés ,Vicente Jauzarás, Mª Carmen Jarillo, Isidora Sevilla Palacios, Mª Carmen Martínez, Elvira Salinas, Antonio Latorre, Mª Dolores Erans, Angelita García, Felipe Gallego. Luis A. Martínez, Eduardo Ramos, José Antonio Sánchez.
(5) De izquierda a derecha y de abajo arriba: Luis Piqueras, Rami, José Antonio Martínez Pérez, Aturo García Cerdá. Adolfo Barbero, Julián López, Vicente Jauzarás, Álvaro Atienza, Bernardo Gavilá, José María Martínez, José Gómez. Francisco Martínez, Dulce Nombre Agraz, Matilde Pérez Nuévalos, Mª Victoria Pérez Nuévalos, Dolores, Marina Pérez, Mª Carmen Jarillo, Elvira Salinas, Francisco Sánchez, Mario Laguna, José Antonio Sánchez.

sábado, 20 de febrero de 2016

El corral de mis abuelos Paco y Emilia

Mi infancia transcurrió en la casa familiar de mis abuelos maternos Francisco Hernández y Emilia Ibáñez, un ya centenario caserón que mi abuelo se encargaba de mantener en muy buenas condiciones. En la planta baja estaban el molino y el corral, dudo que en cualquiera de los modernos parques temáticos de atracciones se ofrezca un mejor panorama de diversiones que el que nosotros, los niños de entonces, vivimos en aquella casa.

La casa era un edificio construido a finales del siglo XVIII, cuando la expansión urbana de Requena y el auge de la seda, y que ya contaba con más de siglo y medio de existencia. El edificio todavía mantenía, en mi infancia, la estructura de una casa concebida según patrones de vida señorial, con una planta baja para carruaje, caballo, otras dependencias y amplios salones y habitaciones en los pisos superiores, pero ya con evidentes señales de que mi abuelo Paco la había adaptado a su necesidades familiares. Mis abuelos hacían su vida habitual en el molino de la planta baja, aunque el dormitorio y comedor estaba en el primer piso, donde también vivían mis tíos y mis primos. En el segundo piso, más pequeño, vivíamos nosotros. Lo mejor de aquel edificio era que estaba situado en una manzana de casas formada por las calles de Generalísimo -que era como se denominaba entonces a la antigua de San Carlos-, San Luis, San Fernando y la de la Plata o Pérez Arcas, un amplio recinto urbano en el que en la trasera de cada casa había un espacio dedicado a zona verde, huerto y jardín, que en mi infancia aún mantenían ciertos restos de la “Belle époque” con cenadores y veladores. Todavía hoy es una manzana de casas que constituye un auténtico pulmón verde en Requena, resto de aquellos altos tilos, olorosos laureles, exóticas palmeras, frondosas higueras y hermosos y fragantes magnolios, además de rosaledas, lilas, hiedra, jazmines...y en algún huerto podían verse árboles frutales como manzanos, caquis, y nísperos.

Mi abuelo paco había comprado el edificio, en 1926, al entonces Marqués de Caro y la llegada de mi abuelo no dejó de causar un cierto impacto entre el vecindario dado que el estilo señorial, que predominaba en aquellos vetustos pero hermosos caserones, mi abuelo pronto lo proletarizó al instalar en la planta baja dos pequeñas industrias como fueron un molino eléctrico y un horno. Y si esto era poco, en la parte de atrás, en lo que debió ser un señorial jardín, instaló su pequeña arca de Noé, es decir el conjunto de animales domésticos necesarios para la vida ordinaria en un pueblo. ¡Claro que protestaron los vecinos! pero mi abuelo decía que él había comprado una casa, pagaba sus impuestos y licencias comerciales y ninguna ordenanza le prohibía tener animales en su corral. Mi abuelo había estado muchos años trabajando en los molinos de agua de la Loma, entendía su profesión y en aquella otrora nobiliaria casa montó su molino y su horno. Cuando yo era pequeña solo estaba el molino y el despacho de harinas y, como testimonio de la antigua tahona, en la cocinilla de entrada al corral había un pequeño horno de piedra que solo se encendía ocasionalmente.

Aquella planta baja fue para nosotros como un microcosmos donde aprendimos multitud de cosas, algunas de las cuales solo entenderíamos de mayores. Allí mi abuelo nos puso unas normas de conductas muy claras sobre lo que podíamos y no podíamos hacer, nos dejaba jugar si respetábamos las normas y ¡vaya que las respetábamos! El corral fue como un pequeño zoológico particular donde aprendimos algo del reino animal mucho antes de ir a la escuela, en él fuimos deliciosamente felices durante nuestra infancia.

Al corral se accedía por dos lados, por el de la izquierda se atravesaba la cuadra del mulo o caballería, posiblemente la cuadra original del palacete ocupada por algún elegante caballo, pero aquella caballería, que tan útil resultaban a los que tenían sus viñitas, era un animal mimado por mi abuelo y nos hacía respetarlo. Tanto a este gran animal como al mas pequeño de los conejos, a los ariscos gatos o a las impertinentes gallinas no se les molestaba, es decir no se le hacía daño. El otro acceso al corral era atravesando el molino y lo primero que te encontrabas era una antesala o cocinilla minúscula en la que había un pequeño horno encima de una hogar donde se encendía la lumbre, sobre todo los días de la matanza para cocer las cebollas y las morcillas. Una vez salías al corral éste estaba dividido en dos partes separadas por una valla de tablas de madera que mi abuelo terminó en punta de lanza y le daban un aspecto más decorativo. A este lado de la empalizada caían la cuadra y las dos gorrineras para criar cerdos, esos animalitos tan lindos de chiquitos, tan blanquitos y de ojitos azules que tanta pena me daban el día de la matanza, pero que tan ricos resultaban después, una vez trasmutados en morcillas, longanizas, chorizos... También había un pequeño recinto donde mi abuela tenía sus plantas. Al otro lado de la estacada se abría un amplio espacio perfectamente organizado dentro del aparente caos que podía resultar de una primer visión de los animales, sobre todo las diversidad de aves, desde el gallo y las gallinas, a los patos, gansos y pavos... que andaban revueltas y sueltas.


A la izquierda teníamos el basurero por excelencia, aunque ya había servicio de recogida de basura a domicilio en el pueblo, mi abuelo aprovecha la basura orgánica -aunque entonces no la denominábamos así- para luego abonar las viñas. Más o menos el basurero se vaciaba cada dos o tres meses. A la basura mi abuelo le echaba agua de vez en cuando para que fermentase y cuando estaba a punto la introducía en un recipiente especial que tenía para trasladarla, y lo subía a aquel maravilloso carro de varales y ruedas de madera rematadas con un aro de hierro, en el que tantas veces nos llevaba con él al campo a mi primo Tonín y a mi. Claro que entonces no entendíamos tanto, los niños solo sabíamos que había días en que no podíamos pisar el basurero porque nos hundíamos y otros días sí porque era más sólido. El día de sacar la basura al carro para llevársela al campo lo hacían de madrugada, aún así se montaba un olor en toda la casa que no era para endeblitos, pero tampoco nos desmayábamos. Luego, al llegar a la viña mi abuelo enterraba o tapaba la basura con tierra a esperar que estuviese a punto para el abono.


A la derecha del corral había dos pequeños montículos, uno de latas y otro de vidrios y cristales que no servían para el abono, con lo cual aprendimos bien temprano lo que es el reciclaje de la basura y, por supuesto, en ninguno de estos depósitos debíamos meternos porque un corte o un pinchazo en un corral con animales suponía inyección segura. Los animales, pese a su instinto, no podían discernir con tanta claridad y a veces se tragaban agujas o cosas que le estropeaban el buche, con lo que no tardaban mucho en ponerse, como mi abuela Emilia decía, “tristes” o alicaídos y había que operarlos. No, no se llevaban las aves al veterinario, mi abuela les abría el estómago les sacaba lo que tuvieran y luego lo cosía. Nuestras abuelas eran mujeres recias que conocían muy bien la anatomía de las aves, porque ellas las criaban, las mataban, las desplumaban y las cocinaban. Los pollitos, cuando eran muchos y no crecían bien los sobrealimentaba uno a uno, al menos a los más débiles, con sopitas de pan y vino. Y cuando las pavas parecían no tener fuerzas les metía su buen sopanvino. Era fascinante ver a mi abuela coger una pava, apretarle el gaznate para que abriese el pico, meterle el sopanvino o lo que hubiese preparado y obligarle a tragárselo.

Al fondo del corral estaba “el cubierto”, un porche con tejado donde podíamos encontrar algún que otro cajón o cosas en desuso para jugar y montar nuestras “casetas, castillos, ranchos, cabañas...”; en uno de los ángulos del porche estaba el gallinero, unos tres o cuatro palos encastrados en las paredes, donde ordenadamente y cada una en su sitio se acostaban las aves. Resultaba curioso ver alzar el vuelo a gallinas y pavos para subirse a los palos a dormir, en ocasiones mi abuela les recortaba las alas porque se subían hasta el tejado y se iban a otros huertos. Los patos y gansos dormían en el suelo. Y a la izquierda del porche estaba la conejera, vallada con tela metálica donde podíamos observar a los asustadizos conejos, pero no tocarlos.


En medio del corral había un pilón de piedra blanca que mis abuelos aprovechaban como bebedero para las muchas aves que pululaban por allí. Era bastante grande, al menos para nuestro tamaño de niños y de pequeños hasta podíamos bañarnos en ella, y aunque acabamos creciendo más rápido que la pila nos siguió sirviendo en nuestro imaginario de lago, fuente, río o cualquier cosa que necesitase agua en nuestra continua aventuras de vaqueros por el oeste, tarzanes en la jungla y exploradores en África, caballeros en inexpugnables castillos, etc.

Todavía quedaba un amplio espacio central y lateral en medio de la cual estaba la joya de la corona de aquel corral, la higuera más hermosa con los higos más exquisitos que yo haya podido probar. Su tronco grisáceo y sus ramas sin hojas en el frío invierno comenzaban a llenarse de brotes a partir de la Semana Santa y estallaban en una multitud de rugosas y ásperas hojas pero que daban una frondosidad y un frescor inauditos en verano. La higuera es un árbol delicado, nuestro abuelo nos dejaba subirnos por ella, trepar en las ramas pero cuidado con los columpios, golpes o cualquier cosa que pudiera dañarla ¡Aquellos higos rezumando miel! Había que madrugar para no tener que compartirlos con los espabilado gorriones que a poco que nos descuidáramos ya habían picoteado lo mejores y más maduros higos. Las mañanas del verano en cuanto despuntaba el día bajábamos al corral y provistos de la tradicional caña con la punta machacada y una piedra dentro, que permitía coger los higos sin deteriorarlos, llegábamos a los puntos más inaccesibles de las ramas. La higuera, además, era como un escalera por la cual trepábamos para subirnos a las tapias o los tejados del cubierto, o para hacer una pequeña cabaña entre sus ramas como la de Tarzán o la de Robinsón Crusoe.



Nuestros diarios esfuerzos de mantener a raya a los animales, sobre todos las aves, solo duraban el tiempo que permanecíamos allí, que era casi todo el día de verano, pero en la noche y amanecida ellos se metían por nuestros hipotéticos ranchos, castillos, palacios.. cualquiera cosa que se nos hubiera ocurrido construir con nuestra imaginación y cuatro tablas y cacharros viejos. No les importaba que hubiésemos limpiado las tablas, las cajas, cartones y cualquier cosa que sirviera para ello, además de barrido y limpiado el suelo una y otra vez, no, a las aves les daba igual, cada día teníamos que empezar de nuevo, pero no nos cansábamos, eso era parte del juego, del maravilloso juego que teníamos en el corral de mi abuelo. Ahora recuerdo los muchos ratos que nos pasábamos contemplando a los animales, unas veces por por enfado de su barbarie y otras por curiosidad. Posiblemente antes de ir a la escuela teníamos un amplio conocimiento de los animales domésticos, además de las moscas, avispas, y otros insectos y también de lagartos, lagartijas o salamandras. El corral de mis abuelos fue nuestra arca de Noé particular.



domingo, 31 de enero de 2016

Por el camino verde que va a la ermita de San Blas recorrí, durante mi infancia y adolescencia, uno de los parajes más hermosos del río Magro a su paso por Requena y que siempre resultaba atrayente, porque si en invierno trotábamos gozosos por él al calor de la festividad del santo el 3 de febrero, durante el verano lo hacíamos a la búsqueda del deliciosos frescor de las choperas, los baños en los tollos y el dulce sabor de las doradas ciruelas de El Duende.
El camino entonces era todo de tierra y se iniciaba, una vez cruzada la carretera de Madrid Valencia, con una pequeña cuesta paralela al camino del Cementerio, que queda a la izquierda perfilado de oscuros cipreses. Rápidamente la pendiente se agudiza y sigue entre unos ribazos de tierra seca e inhóspita, pero de pronto, dando unos pocos pasos más, cuando se ha coronado la cuesta, la vista se recrea en un estallido de verdes: vides, pinos, chopos...Es el valle que genera el río Magro a partir del recodo que hace a la altura del Cerrito y que ensanchándose por San Blas y El Duende inicia su descenso hacia el Atrafal ¡Que hermosura de valle! Desde aquella elevación el camino comienza a descender, no obstante la belleza del paisaje impide calibrar su pendiente, pero ¡que bien la medimos al regreso! Hoy el camino está asfaltado hasta el Cerrito, convertido en una moderna bodega, a partir de ahí sigue con las casi eternas piedras que formaban una calzada que no creo se embarrice mucho en invierno pues recuerdo los tumbos que dábamos cuando nos bajaban en el remolque de algún tractor.
 
El Cerrito era una de esas glamurosas fincas que debieron tener una buena movida en los veranos de la “belle epoque”, a la que pondría fin la Primera Guerra mundial. En los años cincuenta era un viejo caserón, cuyos guardeses -Emilio y Teodora- eran los padres de un compañero de Instituto, Emilio Ramos. No recuerdo, a diferencia de otros edificios de aquellas características como la Casa Blanca, o la Casa Nueva, que viniesen por allí mucho sus dueños. Sí recuerdo recorrer sus amplias estancias en las que todavía había vestidos y sombreros de la “belle epoque”, y muchos libros. Grandes armarios en los que se podía jugar al escondite, escaleras secretas o, al menos, escondidas en los armarios que daban paso y acceso a otros pisos... No es que nos dejaran corretear mucho, pero sí lo suficiente como para empaparnos de una época pasada en las que los gramófomos, las “chaise longues”, los chales, las pamelas pertenecían al divertimento de una clase adinerada, todo un estilo de vida al que pondrían fin las guerras de la primera mitad del siglo XX y del cual nosotros, pequeños aventureros en una edad en la que comenzábamos a descubrir la vida, no teníamos mucha idea.

Hoy el Cerrito, visto desde fuera, esta bellamente cercado y rodeado de cipreses, esos preciosos árboles que tanto embellecen regiones como la Toscana en Italia y que en España a penas se utilizan nada más que en los cementerios, eso sí, con resultados espectaculares. También se ha pintado. En su conjunto ofrece, al menos me lo parece, una bella estampa, aunque tienen la “hermosura” de la de nuestros recuerdos.
Y dejando el Cerrito felizmente asomado a aquel hermoso valle seguimos andando hacia San Blas. Al fondo del serpenteante camino de tierra y piedras, todavía en lontananza, vemos un edificio poco aparente donde está ubicada la ermita de San Blas. A la izquierda la vista tropieza con pequeñas colinas a cuyos pies se despliegan viñedos que finalizan en las típicas hormas de piedras que los sustentan y que bordean el camino. A la derecha una acequia perfila el curvilíneo trazado del camino, en otro tiempo el agua corría caudalosa en su seno y los ribazos estaban cubiertos de árboles y plantas, tras ella la vista se dilata en mas viñedos que se extienden hasta la orilla del río Magro, a su vez flanqueado por un ejército de plateados chopos que hacen tintilear su hojas cuando la brisa los mueve.
La ermita de San Blas está en el lateral izquierdo de la planta baja de una casa de labor. En mis tiempos era una casa de pastores algo destartalada de dos plantas y recios muros totalmente encalados, con amplios corrales adosados para guardar el ganado. Delante de la ermita se extendía una explanada y detrás unas lomas peladas. En la fachada principal una pequeña puerta adintelada daba acceso a la vivienda de los pastores, pero a su izquierda se abría un portal de piedra vista con arco de medio punto por el que se accede al recinto de la ermita, una pieza rectangular con altar al fondo y la imagen de San Blas en una hornacina. Las paredes internas de la ermita estaban recubiertas de exvotos, figuras de cera que representaban diversas partes del cuerpo, sobre todo gargantas, orejas, narices, pero también cabezas, brazos o piernas que se ofrecían al santo. Y cada año se llevaban más, dado que a San Blas se le venera como el santo abogado de las enfermedades de garganta, nariz y oídos y patrono de las pescaderas, que eran las encargadas de organizar el festejo y bajar con el pan bendito hasta la ermita.
El 3 de febrero permanece en mi memoria como un día grande. ¡Qué día de san Blas en pleno invierno! ¡Ay, Señor, que día más maravilloso! Se celebraba una romería tradicional en la que la gente bajaba hasta la ermita que abría su capilla temprano, la misa creo que era a mediodía, durante la mañana la gente iba llegando y algunos completaban su peregrinación ofreciendo sus exvotos al santo en cumplimiento de alguna promesa. Recuerdo que Manola, la mujer del administrador de la finca y amiga de mi madre, me daba un fajo de estampitas con la imagen de San Blas y yo me sentaba al pie del altar y las iba dando a quien llegaba ¡Todavía percibo el olor de la cera! Delante de la ermita se extiende una amplia explanada y en ella se montaban el porrate, que eran los puestos en los que se vendía castañas, piñones, almendras, higos, nueces, dulces y todo lo que en aquellos tiempos de austeridad constituían una compra extra por ser un día de fiesta.

A la ermita bajaba mucha gente que traía su comida para pasar el día, hacían paellas, se asaba embutido o se daba cuenta del “bollo”, pero por la tarde acudían muchas más personas y aquel paraje parecía una alegre feria. Pese a ser en pleno invierno raro era el día que llovía, no lo recuerdo o si hubo alguno lo he olvidado, eso sí, al caer la tarde llegábamos a Requena ateridos, y para culminar un día grande nos metíamos en el cine que, por entonces era para nosotros maravilla de maravillas.


¿Y el verano? ¡Ah, que fresco era aquel entorno! Cierto que el camino no estaba sombreado y caía un buen sol, pero conforme te acercabas al río te iba envolviendo la suave brisa que brotaba del baile de los chopos. Rebasando la amplia explanada que se extiende ante la ermita se desciende hacia el río, a la derecha había otra casa de pastores ya bastante deteriorada entonces y hoy desaparecida, y llegamos al lugar por el que el río se puede vadear. El entorno lo forman pequeñas praderas de hierba y amplios espacios sembrados de chopos seguidos de un extenso y fértil terreno de labor, en uno de cuyos extremos hay otra finca rústica que se denomina El Duende, ya en el límite entre los campos de cultivo y el comienzo de un terreno más montañoso.
A sus espaldas había otra inmensa chopera, cuyo frescor en verano era algo inigualable, que descendía perpendicularmente hasta encontrarse con el río. Junto al caserío había unos ciruelos cuyos amarillos y dulces frutos han quedado en mi memoria como la exquisitez del verano. Además, por aquella zona el Magro nos ofrecía unos buenos tollos para bañarnos en un agua totalmente limpia y transparente, lo que hacía las delicias de pequeños y mayores. Luego una buena comida y una larga tarde de escasa siesta pues los mayores hablaban y los pequeños correteábamos por aquel paradisíaco rincón. Ya un poquito más mayor, a partir de los 10 o12 años, la tarde culminaba para mí en el cine ¡cómo no!
Había dos personas, de entrañable memoria, que las quiero hacer presentes: Manolo y Pilar el matrimonio encargado de guardar la casa de labor, un matrimonio encantador, dos buenísimas personas y muy cariñosas. Tenían casa en la Villa, pero pasaban el estío en El Duende y allí estaban cuando algunos domingos del verano bajábamos a pasar el día.

San Blas, ...por el camino verde que va a la ermita

Por el camino verde que va a la ermita de San Blas recorrí, durante mi infancia y adolescencia, uno de los parajes más hermosos del río Magro a su paso por Requena y que siempre resultaba atrayente, porque si en invierno trotábamos gozosos por él al calor de la festividad del santo el 3 de febrero, durante el verano lo hacíamos a la búsqueda del deliciosos frescor de las choperas, los baños en los tollos y el dulce sabor de las doradas ciruelas de El Duende.
El camino entonces era todo de tierra y se iniciaba, una vez cruzada la carretera de Madrid Valencia, con una pequeña cuesta paralela al camino del Cementerio, que queda a la izquierda perfilado de oscuros cipreses. Rápidamente la pendiente se agudiza y sigue entre unos ribazos de tierra seca e inhóspita, pero de pronto, dando unos pocos pasos más, cuando se ha coronado la cuesta, la vista se recrea en un estallido de verdes: vides, pinos, chopos...Es el valle que genera el río Magro a partir del recodo que hace a la altura del Cerrito y que ensanchándose por San Blas y El Duende inicia su descenso hacia el Atrafal ¡Que hermosura de valle! Desde aquella elevación el camino comienza a descender, no obstante la belleza del paisaje impide calibrar su pendiente, pero ¡que bien la medimos al regreso! Hoy el camino está asfaltado hasta el Cerrito, convertido en una moderna bodega, a partir de ahí sigue con las casi eternas piedras que formaban una calzada que no creo se embarrice mucho en invierno pues recuerdo los tumbos que dábamos cuando nos bajaban en el remolque de algún tractor.
 
El Cerrito era una de esas glamurosas fincas que debieron tener una buena movida en los veranos de la “belle epoque”, a la que pondría fin la Primera Guerra mundial. En los años cincuenta era un viejo caserón, cuyos guardeses -Emilio y Teodora- eran los padres de un compañero de Instituto, Emilio Ramos. No recuerdo, a diferencia de otros edificios de aquellas características como la Casa Blanca, o la Casa Nueva, que viniesen por allí mucho sus dueños. Sí recuerdo recorrer sus amplias estancias en las que todavía había vestidos y sombreros de la “belle epoque”, y muchos libros. Grandes armarios en los que se podía jugar al escondite, escaleras secretas o, al menos, escondidas en los armarios que daban paso y acceso a otros pisos... No es que nos dejaran corretear mucho, pero sí lo suficiente como para empaparnos de una época pasada en las que los gramófomos, las “chaise longues”, los chales, las pamelas pertenecían al divertimento de una clase adinerada, todo un estilo de vida al que pondrían fin las guerras de la primera mitad del siglo XX y del cual nosotros, pequeños aventureros en una edad en la que comenzábamos a descubrir la vida, no teníamos mucha idea.
Hoy el Cerrito, visto desde fuera, esta bellamente cercado y rodeado de cipreses, esos preciosos árboles que tanto embellecen regiones como la Toscana en Italia y que en España a penas se utilizan nada más que en los cementerios, eso sí, con resultados espectaculares. También se ha pintado. En su conjunto ofrece, al menos me lo parece, una bella estampa, aunque tienen la “hermosura” de la de nuestros recuerdos.
Y dejando el Cerrito felizmente asomado a aquel hermoso valle seguimos andando hacia San Blas. Al fondo del serpenteante camino de tierra y piedras, todavía en lontananza, vemos un edificio poco aparente donde está ubicada la ermita de San Blas. A la izquierda la vista tropieza con pequeñas colinas a cuyos pies se despliegan viñedos que finalizan en las típicas hormas de piedras que los sustentan y que bordean el camino. A la derecha una acequia perfila el curvilíneo trazado del camino, en otro tiempo el agua corría caudalosa en su seno y los ribazos estaban cubiertos de árboles y plantas, tras ella la vista se dilata en mas viñedos que se extienden hasta la orilla del río Magro, a su vez flanqueado por un ejército de plateados chopos que hacen tintilear su hojas cuando la brisa los mueve.
La ermita de San Blas está en el lateral izquierdo de la planta baja de una casa de labor. En mis tiempos era una casa de pastores algo destartalada de dos plantas y recios muros totalmente encalados, con amplios corrales adosados para guardar el ganado. Delante de la ermita se extendía una explanada y detrás unas lomas peladas. En la fachada principal una pequeña puerta adintelada daba acceso a la vivienda de los pastores, pero a su izquierda se abría un portal de piedra vista con arco de medio punto por el que se accede al recinto de la ermita, una pieza rectangular con altar al fondo y la imagen de San Blas en una hornacina. Las paredes internas de la ermita estaban recubiertas de exvotos, figuras de cera que representaban diversas partes del cuerpo, sobre todo gargantas, orejas, narices, pero también cabezas, brazos o piernas que se ofrecían al santo. Y cada año se llevaban más, dado que a San Blas se le venera como el santo abogado de las enfermedades de garganta, nariz y oídos y patrono de las pescaderas, que eran las encargadas de organizar el festejo y bajar con el pan bendito hasta la ermita.
El 3 de febrero permanece en mi memoria como un día grande. ¡Qué día de san Blas en pleno invierno! ¡Ay, Señor, que día más maravilloso! Se celebraba una romería tradicional en la que la gente bajaba hasta la ermita que abría su capilla temprano, la misa creo que era a mediodía, durante la mañana la gente iba llegando y algunos completaban su peregrinación ofreciendo sus exvotos al santo en cumplimiento de alguna promesa. Recuerdo que Manola, la mujer del administrador de la finca y amiga de mi madre, me daba un fajo de estampitas con la imagen de San Blas y yo me sentaba al pie del altar y las iba dando a quien llegaba ¡Todavía percibo el olor de la cera! Delante de la ermita se extiende una amplia explanada y en ella se montaban el porrate, que eran los puestos en los que se vendía castañas, piñones, almendras, higos, nueces, dulces y todo lo que en aquellos tiempos de austeridad constituían una compra extra por ser un día de fiesta.

A la ermita bajaba mucha gente que traía su comida para pasar el día, hacían paellas, se asaba embutido o se daba cuenta del “bollo”, pero por la tarde acudían muchas más personas y aquel paraje parecía una alegre feria. Pese a ser en pleno invierno raro era el día que llovía, no lo recuerdo o si hubo alguno lo he olvidado, eso sí, al caer la tarde llegábamos a Requena ateridos, y para culminar un día grande nos metíamos en el cine que, por entonces era para nosotros maravilla de maravillas.


¿Y el verano? ¡Ah, que fresco era aquel entorno! Cierto que el camino no estaba sombreado y caía un buen sol, pero conforme te acercabas al río te iba envolviendo la suave brisa que brotaba del baile de los chopos. Rebasando la amplia explanada que se extiende ante la ermita se desciende hacia el río, a la derecha había otra casa de pastores ya bastante deteriorada entonces y hoy desaparecida, y llegamos al lugar por el que el río se puede vadear. El entorno lo forman pequeñas praderas de hierba y amplios espacios sembrados de chopos seguidos de un extenso y fértil terreno de labor, en uno de cuyos extremos hay otra finca rústica que se denomina El Duende, ya en el límite entre los campos de cultivo y el comienzo de un terreno más montañoso.
A sus espaldas había otra inmensa chopera, cuyo frescor en verano era algo inigualable, que descendía perpendicularmente hasta encontrarse con el río. Junto al caserío había unos ciruelos cuyos amarillos y dulces frutos han quedado en mi memoria como la exquisitez del verano. Además, por aquella zona el Magro nos ofrecía unos buenos tollos para bañarnos en un agua totalmente limpia y transparente, lo que hacía las delicias de pequeños y mayores. Luego una buena comida y una larga tarde de escasa siesta pues los mayores hablaban y los pequeños correteábamos por aquel paradisíaco rincón. Ya un poquito más mayor, a partir de los 10 o12 años, la tarde culminaba para mí en el cine ¡cómo no!
Había dos personas, de entrañable memoria, que las quiero hacer presentes: Manolo y Pilar el matrimonio encargado de guardar la casa de labor, un matrimonio encantador, dos buenísimas personas y muy cariñosas. Tenían casa en la Villa, pero pasaban el estío en El Duende y allí estaban cuando algunos domingos del verano bajábamos a pasar el día.

sábado, 2 de enero de 2016

Trenes que vienen y van en la bella estación

Máquina a vapor y vagones (1)

No sabría explicar la fascinación que ejercía en nosotros ver pasar el tren. Lo cierto es que mi primo Tonín y yo nos íbamos muchas tardes del largo y cálido verano a la estación del ferrocarril a ver pasar el tren. Mi madre cuenta que en los años treinta y cuarenta la gente salía a pasear hasta la estación y ver quién llegaba o quién se iba, era todo un ritual social, pero a nosotros la gente nos daba igual, el objeto de nuestra marcha aventurera era ver pasar el tren. En la década de los cincuenta, la mayoría de los trenes mantenían su silueta tradicional de la locomotora de vapor con vagones, aunque a partir de 1952 ya circulaban los míticos trenes taf, rápidos, impulsados por diesel, de asientos confortables, aire acondicionado y cocina. La estación de Requena, en el trayecto Valencia-Madrid, también conocía el paso de esos trenes rápidos, pero a nosotros no nos resultaban seductores, los que nos gustaban eran los otros, los de siempre, los viejos dragones de negra armadura y articulada cola en vagones de madera. En realidad, nunca llegué a subirme a un taf, lo más moderno que conocí, y varias décadas después, fue el tren talgo. Me inclino a pensar que, dado que nuestra incorporación al mundo real fue casi en paralelo al que nos presentaban las películas, el tren pasó a adquirir en nuestro imaginario colectivo una aureola romántico-aventurera tal como veíamos en las películas o leíamos en los libros.

Estación de Requena (2)

 Lo cierto es que nuestro “héroe”, aquel a quien salíamos a esperar y ver pasar, era el viejo tren con vagones de primera, segunda y tercera clase, con aquellas locomotoras a vapor de inmensas y relucientes calderas negras, rematadas por una chimenea de las que salía un espeso humo y resoplaba vapor por entre aquellas majestuosas ruedas como si de un dragón sin alas se tratase; luego la marquesina, que cobijaba al maquinista encargado de alimentar permanentemente las fauces hambrientas del dragón; y en su popa, en el último de los vagones, había como un balconcillo para escenas de despedida. El entrechocar de los vagones en el primer intento de arrancar, el chirriar de los frenos cuando paraba, el inconfundible pitido del silbato que anunciaba su llegada o su salida o hendía la noche en los trayectos largos, el retemblar del suelo de la estación momentos antes de que el tren arribase son sonidos encriptados en mi memoria, como lo está el olor de la carbonilla que siempre me gustó.

El hospital de san Francisco desde la estación (3)
Independientemente de la fascinación por los trenes, la estación de Requena siempre me pareció bella y me sigue pareciendo un lugar delicioso. Tal vez porque al seguir estando en el límite norte de la ciudad, la invasión del cemento se ha parado, al menos de momento, a sus puertas y la vista desde el andén sigue siendo un verdadero recreo para los ojos. El trayecto de vía de la estación de Requena está enmarcado entre dos curvas, una de entrada y otra de salida, de modo que nunca podíamos ver venir el tren en la lejanía, sólo cuando los dos poderosos parachoques, a modo de punta de lanza, envestían el aire de una de las curvas, aquel hermoso dragón nos mostraba su brillante armadura negra e iniciaban su rechinante frenado. A la izquierda de la estación, el puente de Piedra hacía como de arco de triunfo para recibir a nuestro héroe cuando arribaba desde Madrid, habiendo atravesado las llanuras castellanas y los hermosos pinares de Cuenca. A la derecha, el campanario del convento de San Francisco en la Loma parecía hacernos guiños cuando el tren pitaba a la altura de la fuente de Reinas y trotaba feliz tras el esfuerzo de subir las cuestas desde Buñol, dispuesto a echar un trago de la gustosa agua de Requena, que se le tenía reservada en un inmenso depósito y se le servía a través de unas largas mangueras que todavía sobreviven.
Camino de la estación
No era que pasasen muchos trenes, el de la mañana que bajaba a Valencia y regresaba a la tarde-noche, el de media mañana que partía para Madrid, y el de media tarde, hora de nuestras aventuras, que venía de Madrid. Salíamos de nuestra casa en la calle del Generalísimo a comienzo de la tarde hasta la plaza de Janini y bien por el camino habitual, que trascurría por la avenida del General Pereyra, o por otro, casi paralelo entre esta y la vía, que era de tierra y discurría entre descampados desde el silo del trigo hasta el teatro Principal, por donde hoy están las calles Luis Vives, Capitán Gadea. Ramón y Cajal y Doctor Fleming. El trayecto por General Pereyra partía de la esquina con la Enológica, una antigua postal lo presenta umbroso, con grandes árboles a ambos lados de la calle, sin más edificio que el de estilo modernista que todavía se conserva. En mis tiempos ya no había tantos árboles y las edificaciones urbanas habían proliferado. Más allá del edificio y patios del grupo escolar Alfonso X el Sabio, estaba el taller de coches de Arroyo y otras casas. Sobrepasada la calle de Colón, entonces conocida por calle de Correos, había una gran harinera de estilo totalmente modernista, que en los setenta se adecuó para viviendas y conserva su estilo con gracia. Al otro lado de la calle, recuerdo algo así como una bodega cuyas paredes estaban pintadas de un color vino ya desgastado.
Avenida de la Estación
Y llegábamos al cruce con lo que se denominaba avenida de la Estación, que las postales de comienzos del siglo XX nos presentan con arbolado, desde allí el trayecto era corto y desembocaba en una amplia explanada al fondo de la cual está ubicada la estación.

Edificio central de la estación
El edificio de la estación es de una sola planta con tejado a dos aguas y puertas y ventanas rematadas en arcos de medio punto, ante el cual unos cuantos peldaños salvaban el desnivel con el suelo. Un estilo  típico de Renfe, tan extendido por toda la geografía de España, que rara ha sido la estación que yo haya visto y no me haya recordado a la de Requena. En este edificio, en el que en las postales antiguas podemos ver la presencia de chimeneas, estaba la vivienda del jefe de estación, un señor con una simpática gorra en rojo y azul y armado siempre con un silbato en la boca y una bandera enrollada en la mano que desplegaba para anunciar al maquinista que podía partir. También estaban el despacho del jefe, las taquillas que se abrían un ratito antes de la llegada del tren y la sala para viajeros, é
esta última, a decir verdad, poco hospitalaria. Me parece recordar un banco de piedra corrido junto a la pared y las paredes siempre con pintadas.
Delante del edificio, a la izquierda, estaban las agujas del cambio de vías, que nos encantaba escudriñar pero sin tocar, hasta que salía el Jefe de estación o algún operario a moverlas y veíamos cambiar las vías para que el tren se orientase en una dirección o en otra. El reloj y las agujas de cambio de vía permanecen como verdaderas reliquias de aquel entonces.

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Mangueras para el agua a ambos lados de la estación
Junto al edificio principal había dos pequeñas edificaciones a la izquierda, una donde se alojaba el bar, acompañado de un pequeño jardín con mesitas, que invitaba a sentarse allí mientras llegaba el tren. En verano, lo recuerdo como un sitio glamuroso y encantador. Algo más allá había un edificio minúsculo donde estaban los urinarios. A la derecha del andén estaba el depósito del agua y junto a las vías, las mangueras que abastecían de agua a las calderas. El andén originario estaba sombreado con gruesos árboles, que no sé cuándo desaparecieron, y no tenía marquesina como ahora. 
Báscula y solar donde estuvo el almacén de materiales
La vía para viajeros estaba pegada al andén principal, luego venía un corto apeadero y otras dos vías, una de ellas para los trenes de mercancías. Al otro lado de las vías había un gran almacén de mercancías con puertas correderas, en el centro, antes de acceder al mismo, una gran báscula que todavía se conserva. A la izquierda del galpón había como una explanada que por aquellos años servía para dejar aquellos enormes carretes en los que venían enrollados los cables del tendido eléctrico. Recuerdo su forma, como el carrete de los hilos de coser, pero de gran tamaño, tanto que para nosotros eran más las setas gigantes del Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne, que simples objetos industriales de madera. Tumbados o de pie nos servían para pasarnos horas y horas saltando de uno en otro como una de las más maravillosas distracciones.
Andén de la estación
El andén de la estación de Requena en invierno era y es un lugar bien oreado, de abrigo y bufanda, pero en verano toda una delicia. En mi infancia cualquier cosa nos distraía y entretenía hasta que llegaba el tren, los últimos minutos se iban del reloj a la vía como si nos fuera la vida en ello, con el trepidar del suelo nos decíamos: ¡ya viene, ya viene! El silbido y la humareda, el choque de los vagones al frenar, el apresurarse de la gente que se iba, la acogida a los que llegaban, todo era un puro espectáculo para nuestros infantiles ojos fijos en el tren hasta que desaparecía por una de las curvas.

Huertas al pie del Silo
Luego jugábamos un rato saltando de seta en seta para después subir hacia el hospital por el puente de Piedra o por el atajo de la cuesta que discurría entre lindas casas, o caminar por la vía hasta las feraces huertas del Magro, o regresar por aquellos campos que se extendían a los pies del silo donde abundaban arbolitos que dejaban al alcance de nuestra mano esos exquisitos frutos llamados albaricoques y que tanto nos gustaban, y eso que el temor que alguien nos viese era poderoso, pero es que aquellos albaricoques verdes… estaban tan ricos.

(1) https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Engine_3440_ex_GWR_City_of_Truro.jpg
(2) "Despedida en la estación". Fotografía propiedad de Marisa García Domenech, reproducida en  Fotos de Requena y comarca https://www.facebook.com/groups/326999954152443/search/?query=Estaci%C3%B3n. Y la fotografía del mercancías saliendo de Requena  el 3 de junio de 1966  es propiedad de José Martinez de Dios, Fotos de Requena y comarca https://www.facebook.com/groups/326999954152443/search/?query=1966
(3) Postal      Fotografía agosto 2015